Ennio Innocenti, “Sigmund Freud”, Diálogo 4 (1992).

SIGMUND FREUD

(6/V/1856 – 23/IX/1939)

Por el Pbro. ENNIO INNOCENTI

                                                «Cualquiera que se lanza a escribir una biografía se compromete a mentir, a eludir, a la hipocresía, al enriedo, así como a encubrir la propia incapacidad de conocer, ya que el material verdaderamente biográfico no se halla al alcance de la mano, y si se lo tuviera no se lo podría usar … quizás tenía razón el príncipe Hamlet cuando se preguntaba quién podría evitar ser azotado en el caso que fuese tratado según sus méritos».

Sigmund Freud

No tenemos objetivos propiamente biográficos. Freud ha hecho lo suficiente para dificultar la tarea de los biógrafos, destruyendo tempestivamente el material útil: «… Que se encolericen los biógrafos… desde ya me estoy divirtiendo pensando cómo se despistarán». Su hija Ana, además, ha continuado ejerciendo una enérgica censura sobre los documentos paternos en su poder, para encubrir al público datos particulares, digamos, poco simpáticos.   

Sin embargo el exhibicionismo, como él lo definía, indujo a Freud a revelar bastante de sí mismo … de suerte que biógrafos autorizados han tentado la empresa con resultados bastantes satisfactorios[1].

No queremos, por tanto, hundir puertas que ya fueron discretamente abiertas. Queremos en cambio llamar la atención del lector sobre algunos aspectos de la personalidad de Freud que consideramos útiles para interpretar su obra. Los freudianos reconocen la consonancia entre la personalidad y la obra de Freud. Freud mismo ha admitido la incidencia del equilibrio de la personalidad del analista en el ejercicio de su profesión y en la reflexión sobre los problemas psicológicos. Nosotros mismos, teniendo cierta experiencia de estudio, de investigación científica y de labor educadora, hemos adquirido la certeza de la decisiva importancia que, en este campo, asumen algunos factores de la personalidad.

Aspecto exterior de Freud

Tenía un porte y un aspecto que revelaban un atento cuidado de sí. Dolicocéfalo, de modesta estatura -particular que le creaba, a veces, cierto embarazo- ponía mucho empeño en parecer aún cuando ya no lo era. Bajo las pesadas cejas su mirada se mostraba frecuentemente severa, incluso torva: alguno dice que unas veces infundía terror; otras, permitía adivinar su capacidad de odiar. Sus modales eran rudos, su gesticular inquieto. En ocasiones locuaz, pero continuamente se le descoloreaba la voz, y escupía a menudo. Amaba los paseos a través del bosque, en los que demostraba un admirable olfato para los hongos; gustaba comer concentrándose en silencio; fumaba continuamente, no obstante conocer claramente los daños que se derivaban para su salud mental y el rendimiento de su reflexión.

Su salud física

Freud, que provenía de una «cepa» no del todo sana, no gozó de buena salud física. Acosado por reiteradas fiebres, debió luchar incluso contra el tifus y la viruela. Sufrió de graves indigestiones y de hipertrofia prostática, lo que le provocó continuos fastidios, fácilmente imaginables. Padeció fuertes resfríos nasales, con preocupantes complicaciones sinusíticas, amigdalitis y faringitis. En 1930 cayó enfermo de broncopulmonía. Afligido con dolores reumáticos en el brazo derecho y en la pierna izquierda, sufrió también de cardiopatías de origen probablemente ansioso.

A partir de 1917 se manifiestan los signos de cáncer bucal, a causa de lo cual, entre el ’23 y el ’39, sufrió la espantosa odisea de 33 intervenciones quirúrgicas, algunas de las cuales, tremendas, ejecutadas sólo con anestesia local. Cauterización, raspajes, abcesos, quistes, transplantes de piel, electrocoagulaciones … no lo mortificaron tanto como la sordera consiguiente en el oído derecho y la limitación bucal al punto de no poder introducir un cigarro entre los dientes sin ser ayudado con una pinza. Una monstruosa prótesis, que era necesario sostener en su lugar con la presión del pulgar, le deformó el rostro y la voz. Freud sufrió de por vida de fuertes dolores de cabeza. Y es interesante notar que su actividad de escritor coincida siempre con los períodos menos felices de su estado de salud; tal conexión merecería un estudio profundo por parte de los estudiosos.

Relaciones familiares

Freud provenía de una familia judía no religiosa pero todavía apegada a los ritos (como la circuncisión que, tal vez, produjo una notable impresión al futuro teórico del complejo de castración).

La relación con su padre fue ciertamente de escasa armonía y estima; sin embargo, Freud sintió mucho su muerte. También de la relación con la madre -que lo adoraba- se ha sospechado a causa del modo abstracto que usa al hablar de ella. Infeliz, y tal vez turbia, fue su relación con la vieja ama de llaves, católica de religión, que terminó en la cárcel a causa de un pequeño robo doméstico.

Precozmente celoso, egocéntrico, excesivo en las emociones y en los afectos, no tuvo trato sereno con su hermanastro, ni con su pequeño hermano, ni con su sobrino (coetáneo suyo, pero mayor que él) ni -mucho menos- con sus hermanas, cuyas exigencias, por otro lado, siempre se subordinaron a las de Sigmund (lo cual es decisivamente anormal, aún considerando los tiempos y el ambiente), hasta la trágica decisión de abandonarlas en Viena al momento de partir definitivamente para Londres.

Como síntoma de un cierto disturbio en la armonización familiar del niño, pueden quizás considerarse, por ejemplo, el hecho de que a los 2 años el pequeño Sigmund mojaba aún su cama, y, sobre todo, el hecho de que a los 8 años orinó (deliberadamente, según parece) en la habitación de sus padres. Suspendamos todo juicio sobre sus fantasías incestuosas. Tampoco la relación con su prometida Martha nos parece bien encaradas, sobre todo a causa de la excesiva posesividad de Freud que roza el límite del plagio. Reservas del todo razonables se podrían adelantar sobre su relación matrimonial con la misma Martha, quien siempre idolatró a su marido.

No se puede decir que la relación educativa con los hijos varones haya sido coronada con el éxito; se han avanzado reservas incluso con la relación con su hija Ana, que el padre, con sorprendente decisión, quiso personalmente «analizar».

Relaciones con alumnos y seguidores

Se puede conceder que el grupo inicial de los psicoanalistas no estuvo formado del mejor material humano; muchos de ellos eran sin duda enfermos; otros tenían sobre sus hombros una carrera frustrada y defendían su fracaso con actitudes insulsas, artificiosas, infantiles, pretextuosas; otros tenían la indispensable necesidad de luchas internas… son elementos para sopesar. Sin embargo no podemos menos que notar que Freud falló conpletamente en el fundar con ellos una relación constructiva; no supo valorar dotes y personalidades; su falta de tacto, la ausencia de reserva; su inclinación al chisme incrementaron el espíritu de discordia y de litigio. El fue para sus alumnos y seguidores término de un «transfert» a menudo ambiguo y jamás animoso y positivo. De esto son pruebas: la adulación, su idolatría del maestro «dotado de mágicos poderes», su pasividad intelectual por la cual no trabajaron más que para complacerlo buscando a cada paso ser confirmados por él, mientras éste por su parte los excomulgaba si se alejaban demasiado de su punto de vista. No pocas veces fue con ellos autoritario e incluso arbitrario; maniobró para psicoanalizar a todos obligatoriamente (encontrando oposición sin embargo en Tausk y Rank), en alguna oportunidad pareció faltarles el respeto; frente a otros fue insufrible hasta convertirse o parecer malvado. En conclusión, la compañía psicoanalítica estuvo siempre en crisis de relaciones humanas. De alguno llegó a defender a ultranza intolerables extravagancias; y aquel que debía haber sido centro de cohesión fue frecuentemente ocasión de provocada discordia; alumnos y maestro no establecieron una relación fecunda de comunión espiritual.

Su estima del dinero

El joven Sigmund, que a los 17 años compraba libros sin posibilidades racionales de poder pagarlos, puede suscitar sospechas, pero el libre docente Freud, que en París aprovecha de la cordial amistad de una pareja sin hijos para fantasear en devenir su heredero, manifiesta un aspecto no poco extraño.

De hecho, mientras la familia paterna vivía la penuria de lo indispensable, Freud gastaba lo suficiente para fumar y jugar, recorría los dramas, comedias y óperas líricas, pasaba todos los días por la barbería y en pocas palabras, «carecía de previsión y el sentido de la realidad». Continuamente pedía préstamos, que, por su frecuencia y volumen constituyen un punto de atención para sus futuros biógrafos. No creemos ser malévolos si notamos que precisamente en los momentos en que sus medios económicos más esenciales dependían de colegas despreciados por él, hacía tales adquisiciones arqueológicas que no podrían testificar a favor de su equilibrio en este sector tan delicado de la vida. Tomó la decisión de casarse sin perspectivas de suficientes ingresos. En vano la madre de su novia le reprochaba que «fundar una casa sin los medios necesarios es una blasfemia»; privado de medios, alquiló un amplio departamento ubicado en el mejor barrio de profesionales de Viena, mientras en la noche de bodas debió pedir prestado el precio del viaje a su futura cuñada. Freud se mostró siempre ávido. «Por unos pocos miserables gulden -como le reprochó Martha-, pretendía que su prometida tratase como delincuente a su propio hermano, quien de ningún modo lo merecía. Fijó en favor suyo honorarios de buen nivel para permitirse ahorros considerables (perdidos luego por la inflación debida a la economía de guerra), pero -esto no obstante- cobró perfumados honorarios,incluso de sus alumnos, a los cuales, sucesivamente, mandaba pacientes seleccionados con prudentes recomendaciones, reteniendo siempre para sí a los más adinerados[2]. Uno queda pensativo ante una frase como ésta: «Trabajo y lucro se identifican en mí a punto tal que me he vuelto todo una gangrena».

Parece que el motivo principal por el cual desease el Premio Nobel fuese precisamente el dinero del mismo. En 1920 tenía ya dispuesto atesorar, y llegó a guardar una buena cantidad de monedas de oro, que, en el momento de la emigración, pudo transferir junto a todas las otras cosas a las que estaba apegado. Sólo a las hermanas abandonó a los campos nazistas, y por este preciso motivo: afirmaba no poder prever el mantenerlas en Londres.

Su estima del sufrimiento

No es necesario ser un gran místico para apreciar el gran valor del sufrimiento; sólo es necesario un sólido equilibrio interior y cierto afinamiento espiritual. Freud estaba lejos de sacar el debido provecho de sus propias debilidades, las cuales, en general, buscaba descargar sobre otros. Frecuentemente emerge en su ánimo una envidia feroz hacia el prójimo más afortunado, y también hacia sus propios hijos y alumnos. Ante la muerte de una hija, su único comentario fue el haber recibido «una profunda herida narcisista». Lo más sorprendente es que él era consciente de lo inhumano de este modo de sufrir. El mismo año en el que se le manifestó el cáncer, se le muere un nieto al que era muy apegado: fue como si se le hubieran agotado las reservas afectivas; se estabilizó en una indiferencia total de la vida y del mundo (de las cuales, por otro lado, habían surgido claros signos cuarenta años antes en algunas de sus cartas). «Este es el secreto de mi indiferencia -comentó- que la gente llama coraje». De hecho, se preocupó súbitamente de recomendar hacerlo «desaparecer del mundo con decoro», o sea de evitarle sufrimientos innecesarios, oración esta que renovó en el curso de su terrible enfermedad. Meditando sobre esta carencia, lo admitimos, nuestra crítica deja paso a la piedad.

Estima de sí mismo

Dice haber sido ambiciosísimo desde su niñez. Se identificaba en Aníbal, en Massena, en Cromwell, en Jacob, en Moisés y otros héroes. De jovencito, le creyó a un charlatán que le profetizó que sería promovido a ministro de Estado. Estudiante de medicina, tuvo la esperanza de llegar a ser un genio y soñó con ser celebrado como el más excelente de los hombres en un busto en el aula magna de la Universidad de Viena. Estaba convencido de ser un predestinado y (a su prometida) le escribía que hubiera dado la vida de buena gana «por un solo gran momento de gloria que pudiese pasar a la historia». Desde París confiaba en ser capaz de elevarse a los primeros puestos de la humanidad; más tarde se atribuyó el rótulo de conquistador; a los 26 años pensaba seriamente en sus futuros biógrafos; a los 27 escribía de sí en tercera persona; con la sociedad psicoanalítica pensó poner las bases de la propia inmortalidad; cuando combatió el influjo de Jung descalificó el término jungkiano «complejo» porque «fue introducido en el terreno del psicoanálisis subrepticiamente sin ser desarrollado, del mismo modo como Dionisio, divinidad exótica, fue elevado artificiosamente a la calidad de hijo de Zeus», parangonándose así a un dios que tenía el poder de dar o negar privilegios soberanos; se comparaba a Copérnico, Darwin, Einstein, insinuando que él, empero, era en algo superior a ellos. Llegó a decir: «Dí al mundo más de cuanto él me dio a mí». Y más: «No tengo ningún miedo de Dios». «Si alguna vez tuviésemos que encontrarnos, tendría yo más reproches que hacerle a él que él a mí».

Pensaba haber hecho el mejor uso posible de su «presunto libre albedrío»; de ser persona moralísima; de nunca haber hecho algo bajo y malvado; de haberse comportado siempre honorable, gentil y generosamente y (¡dulcis in fundo!) deseó ser mejor que la mayor parte de los hombres. Aún más, sobre este último punto, reforzaba el tono: «En lo profundo del corazón, no puedo sofocar el convencimiento de que mis queridos semejantes, salvo raras excepciones, son seres despreciables».

Rigidez mental

Quienes tuvieron con Freud un profundo trato e intimidad (como Rank y Ferenczi) hallaron en él un asombroso subdesarrollo mental. Sus testimonios son sospechosos. Empero, una cosa queda en claro: Freud era extraordinariamente testarudo. No nos referimos a la firmeza al sostener las ideas más bien, irremovible en opiniones gratuitas y a menudo erradas. No tomaba en consideración las críticas o bien transformaba en afrenta personal todo contraste ideológico. No gustaba de ningún modo confrontarse con las ideas originales de los otros, y éstos, las más de las veces, no tenían poder para hacerle rever las propias. Escribía de corrido y sus colaboradores le hacían notar, de vez en cuando, su oscuridad, ambigüedad, contradicción… ¡nada que hacer! Freud no cambiaba nada, a costa de resultar un escritor desdeñado (¡y reconocerlo!) Cualquier educador se preocuparía por constatar tal rigidez mental. Aquí, empero, las preocupaciones son mayores porque Freud ha admitido: «Para mí es siempre un misterio cuando no alcanzo a comprender a alguien en los términos de mí mismo». Fliess -que indudablemente conocía sobre el modo de pensar de Freud-, vio a donde llevaría esta actitud a su amigo: a leer los propios pensamientos en los de los pacientes. Naturalmente, esta rigidez le fue causa de graves errores, especialmente en los juicios y en las apreciaciones concernientes a las personas.

Invasión y predominio de la pasionalidad en la esfera intelectual

Freud estuvo sujeto a violentas pasiones. Jones reconoce que fue muy sugestionable. A menudo sus iniciativas y reacciones que, a primera vista se dirían científicas o culturales, consideradas atentamente aparecen dictadas por una indisciplinada personalidad. Vivió del todo subyugado por la pasionalidad de Brücke y de Charcot. Hasta la edad de 45 años estuvo sometido a Fliess, revestido por él de toda magnificiencia intelectual. Este hombre, de una presunción sideral, era fanático teorizador de una numerología cósmica que en vez de inducir a Freud a prudentes interrogantes, lo exaltaba hasta alabanzas que parecían delirios (¡el Kepler de la biología!). Por su parte, Freud esperaba de Fliess algo más que una ayuda crítica: «tus alabanzas -suspiraba- son para mi néctar y ambrosía». Es bien conocida la infatuación de Freud por Jung. Cuando lo nombraba, en los primeros tres años de sus relaciones, se le iluminaban los ojos, lo definía mente electa, hijo y heredero, lo comparaba a Josué consolando a Moisés… ¿Y qué cosa sino un apriorismo pasional pudo inducir a nuestro autor a estimar tan exageradamente a alguien como Stekel; quien, invitado una vez a probar sus gratuitas afirmaciones, osó responder a sus colegas psicoanalistas: «yo estoy aquí para hacer descubrimientos. Toca a otros probarlos, si lo desean»? Freud vivió indudablemente fascinado también por Ferenczi (que lo sentía tan genial como él); pero ni la manifiesta carencia de juicio crítico del «Gran Visir», como él lo llamaba, ni su infantilismo afectivo o su despotismo, frenaron a Freud en la decisión de otorgarle importantes responsabilidades directivas. El puesto concedido por Freud a las propias pasiones parece en verdad muy grande si debemos tomar en serio cuanto afirma acerca de su propio método de trabajo. «Sueño por días enteros… al punto de no saber qué esté efectivamente haciendo…»

La vida intelectual del disciplinado estudioso no se encuentra en verdad reflejada en la siguiente confesión de Freud: «no fui jamás capaz de guiar las actividades de mi intelecto, por lo cual mi tiempo libre está completamente malgastado».

Pero donde la insidencia de la personalidad aparece del todo manifiesta, junto a su preponderancia sobre el sentido crítico, es en la relación con su novia. Jones dice justamente que la actitud amorosa revela la esencia de la personalidad y somete a verificación decisiva el equilibrio mental de la persona. Ahora bien, nos parece que cuando Freud, en la vejez, decía sin atenuantes que el enamoramiento es un hecho patológico, se refería sin más a la propia experiencia en la cual había reconocido rasgos de locura.

El no permitió un honesto y respetuoso cotejo de la personalidad de su novia y la propia. «Temo tener tendencias despóticas», admitía, lo que no sería escandaloso si hubiese hecho algo para controlarlo. Por el contrario, no soportaba las discusiones; ni siquiera si se encontraba en medio de la calle, agudizaba los contrastes en un clima, definido por Jones, «de pura tragedia». No es éste el caso de sobrevalorar sus celos, pero no se puede dejar pasar que ciertas pretensiones de pruebas amorosas fuesen del todo irracionales. Acaso Martha tenía preocupaciones filiales por la salud de su madre? Freud se sentía pospuesto y le escribía: «Si es así, eres para mí una enemiga. Si no superamos este obstáculo, sucumbiremos. Sólo tienes una alternativa: si no puedes amarme bastante hasta el punto de renunciar por mí a tu propia familia, debes abandonarme. Arruina mi vida y no te separes de tu familia». Freud llegó a enviarle a Martha un ultimátum en dos puntos:

1) En cualquier discusión con sus familiares, Martha debería tomar siempre la parte de él, perteneciendo a él solo.

2) Debería renunciar a los prejuicios religiosos de sus familiares.

Estas propuestas demuestran que nuestro autor era en verdad poco razonable y demasiado pasional. Pero hay más. No era un niño al conocer a Martha; tenía 26 años. Por tanto, exige una explicación la correspondencia diaria entre los dos. Llegaban a escribirse aún más de una vez por día, y las cartas eran extensas, a veces hasta de doce páginas. ¿Qué pretendía Freud? Una completa identificación de Martha con sí mismo de modo de «percibir en ella su impronta». El, por tanto, no amaba a Martha, sino a sí mismo; tanta inobjetividad, tanto irrealismo no podían ser sino frutos de una personalidad invasora. «Tú no tienes idea de cuanto yo te amo», escribía a Martha; pero agregaba inmediatamente en tono amenazador: «espero no tener que demostrártelo jamás». Si, como parece, Freud aludía con estas palabras al suicidio, entonces es el caso de recordar que, según él, el suicida intencionalmente mata, en sí mismo, a aquel con el cual él se ha identificado. También esto demuestra que la pasionalidad trastornaba la mente de Freud.

Ya cercanos al matrimonio, la madre de Martha dirigía al pretendiente de su hija esta sensata y realista admonición: «ante todo, recobre la calma y la serenidad de la mente, que ahora están completamente por el aire, su mal humor y su desánimo patológico, vuelva a ser un hombre sensato. Actualmente usted es como un niño malcriado que no puede sentar cabeza y llora, creyendo así obtener todo».

Parece un paradigma de tantos comportamientos de Freud.

Superficialidad en el juicio

Freud conoció a su prometida por intermedio del hermano de ella, del cual era muy amigo, Elí. A los quince días del compromiso, Elí se había convertido «peligroso», y luego «insoportable». Pronto, Freud admitió haberse comportado muy injustamente con él. Es más, reconoció que Elí era «comprensivo y perspicaz en todo los eventos importantes». Pronto se olvidó de esto para concentrar nuevamente sobre él hostilidad y malevolencia. Ya enfatizamos sus extravagantes reveses en la estima de Fliess, Adler, Stekel, Jung, Tausk… la serie sería larga. También Reich gozó de su altísima consideración… por un tiempo. Y Rank, ¿cuántas veces se equivocó? Ferenczi tuvo que lamentarse de haber sido tratado muy mal por Freud, que tiempos atrás lo había definido como «su paladín». Hay más. Ferenczi y Rank, en El desarrollo del psicoanálisis sostienen que no es necesario indagar la experiencia profunda de la infancia: Freud primero consiente, luego disiente. Cuando Rank expuso su entusiasmo hiperbólico para el nuevo mito de la reencarnación (en el trauma del nacimiento), Ferenczi dijo que Rank había obrado el más importante desarrollo psicoanalítico: Freud que primero disiente, luego apoya complacido.

De Brill escribe: «Se comporta de modo vergonzoso; es necesario abandonarlo». Inmediatamente después, cambia de parecer: «es un hombre centrado, digno de toda confianza, una gran adquisición». El fiel Jones fue objeto de apreciaciones pendulares, alternadas las sospechas ofensivas y la acusación imprudente. Contra Abraham nuestro autor se mostraba primero duro, descortés, digamos irracional; luego lo llama «mi baluarte de bronce» y culpa de su error a la vejez! Hacia Melania Klein también encontramos una actitud oscilante sólo explicable por la superficialidad habitual de sus juicios.

Rectitud y simplicidad interior

No parece que su habitual modo de pensar fuese rectilíneo. Freud mismo nos informa que su pensamiento se abría paso por «caminos sinuosos». Quizás también Salvador Dalí tuvo esta sensación si es verdad que lo dibujó, mientras hablaba, con un boceto de su cabeza con el cráneo en forma de caracol.

En París, Freud adoró plenamente a Charcot, y pidió al maestro el privilegio de ser el traductor de sus lecciones, pero su verdadero fin era aquel de «presentarse ventajosamente a los médicos alemanes».

Hacia 1880, en Viena, se lanza a estudiar el empleo terapéutico de la cocaína. Queriendo apurar el asunto exhortó a los otros a persistir en ciertas direcciones de investigación, mientras él se marchó con su prometida a Berlín. Un colega, de este modo, verificará el importantísimo empleo de la cocaína como anestésico local en la cirugía ocular. Lamentándose del fallido intento, años después ¡le atribuyó la culpa a su novia! No obstante en 1909 dijo que el mérito del descubrimiento era suyo. Evidentemente, no se trata de un juicio oscilante, sino de una falta de rectitud espiritual.

Primero Breuer, luego Charcot, le habían hecho notar la constancia de las conexiones entre los disturbios nerviosos y el comportamiento erótico-genital. Sin embargo en 1896 Freud escribe que uno y otro pensaban lo opuesto. No era un malentendido, ni tampoco amnesia; sino una mentira. Vuelve de París con el propósito de asombrar a los vieneses con las hipótesis de Charcot. Pero le hacen notar que los hechos de los cuales parte la nueva teoría son ya bien conocidos de hace tiempo atrás; entonces, se lo invita a probar la hipótesis proclamada, lo que no pudo hacer. Y bien: en su «Autobiografía», Freud nos cuenta el haber pagado sus revelaciones con la exclusión del laboratorio de la Universidad y desde allí, también de la enseñanza: dos mentiras.

1893: Freud anuncia al mundo que la causa principal del histerismo es la seducción sexual de un niño por parte de una persona adulta.

1894: Freud precisa que muchísimos padres realizan sobre sus niños asaltos incestuosos de género perverso.

1895: Freud dice haber sido objeto de actos libidinosos de parte de su propio padre.

Puesto que su teoría suscita indiferencia, él se imagina ser víctima de injusticia. Por tanto se vio obligado sucesivamente a reconocer su error tanto en las afirmaciones en torno a la seducción, cuanto sobre aquello de su padre. ¿Cómo es que tuvo tanta prisa? Será él mismo quien califique de esnobístico el material autobiográfico de su obra principal «La interpretación de los sueños», obra que, después, juzgó, él mismo, bastante banal.

Es el tema de Fliess, con quien su relación, toma ahora un rumbo significativo…

1897: Fliess comunica a Freud su teoría: toda célula viviente y todo ser humano tiene una constitución bisexual.

1898: Freud da a Fliess el siguiente reconocimiento: «considero la idea de la bisexualidad como la más significativa para mi trabajo después de aquella defensa».

Y en 1899 afirma: «Acerca de la bisexualidad tiene razón ciertamente. También yo me voy habituando a la idea de considerar todo acto sexual como el encuentro de cuatro individuos». Pero, he aquí, en 1900 Freud se promueve como exclusivo autor de esta novísima idea. Fliess se ofende, pero Freud insiste. Hay más. Pasa la idea a un alumno suyo, el cual la comunica al colega Otto Weninger, y éste termina preparando un libro. Fliess pide explicaciones a Freud. Este, primero recurre a subterfugios, luego, encajonado confiesa haber sido llevado por el impulso de la envidia y de la hostilidad contra Fliess, hasta el punto de sustraerle el reconocimiento de haber sido el primero en tener tal idea. Fliess publica entonces un ataque contra Freud el cual, sin embargo, replica acusando a Fliess de falso y ambicioso, y negando toda responsabilidad. Durante largo tiempo, Freud, perseveró en esta hipocresía pero no fue éste sin embargo el único caso. De Sanctis y Morselli tenían razones fundadas para lamentarse de la desenvoltura con que Freud se hacía el original, pero ¿qué decir del modo con que Freud trató a Albert Moll y sus ideas, publicadas en 1898, sobre la vida sexual del niño? Freud publicó las suyas mucho después, sin embargo, no contento con afirmar de ser el autor exclusivo de la teoría de la vida sexual infantil, añadió que Moll no sólo se había comportado inadecuadamente sino deshonestamente. En realidad es de la rectitud de Freud que es lícito dudar. En su simpatía por Jung parece haberse mezclado un interés muy poco amigable, mucha envidia por el aplauso que el «príncipe heredero» encontraba y, si no nos equivocamos, mucho resentimiento por haber sido desplazado por esto en los estudios mitológicos. Hipócrita, por otra parte, fue la acusación de Freud contra Jung y Adler de ser separatistas, mientras que es evidente que él maniobró para excluírlos.

En una Italia humillada por la plaga de las recomendaciones serán después benévolamente evaluados los repetidos intentos de Freud por solicitar apoyo y favoritismo[3] incluso ante poco identificadas «autoridades antisemitas», sin excluir el medio económico; y todo esto por sólo fines lucrativos. Hemos registrado todo lo precedente por colocar alguna que otra reserva sobre la aureola de nuestro autor, el cual, en la intimidad, era bastante consciente de no merecer la palma de un heroico martirio. ¡Su querida Viena! «¿Quién jamás obtuvo tanto?»

Salud psíquica

De las biografías de nuestro hombre salen a la luz no pocos rasgos inquietantes de su carácter. ¿Era Freud psíquicamente sano? Su humor débil, y su «deseo de estar en otra parte», sus exageradas aprehensiones como sus extravagantes declaraciones de confianza nos colocan sobre la pista de una inestabilidad que, se puede decir, no conoció pausa. Ciertamente esta turbación se originaba en causas, llamémosle, morales. Por ejemplo la excesiva ambición del éxito, como Freud mismo lo entendió, le «arruinaba el sistema nervioso», (aunque, al menos una vez, apreció la modestia de los despreciados colegas Goym), pero es necesario admitir que los años de éxito fueron propiamente los más infelices, desde el punto de vista de la serenidad y del equilibrio de los factores psíquicos. Se reafirman así los interrogantes sobre su salud mental. Freud no era un muchacho cuando fue por París, y sin embargo ¡se sintió tan solo al punto de verse apremiado por ansias de llorar! ¿Era por tanto propenso a fuertes depresiones?

Precisamente. Reaccionaba consumiendo cocaína. «Me ha elevado a las estrellas en modo maravilloso», confesaba; y continuó consumiendo por lo menos unos 15 años. Pero, de las estrellas, se hundía en el barro: se abandonaba a largas horas de ocio y de aburrimiento, se hundía en una parálisis intelectual caracterizada por el restringimiento y ofuscamiento de la conciencia, de pensamientos crepusculares, de tétricas ansias de muerte. Jones habla de psiconeurosis bastante notable entre 1890-1900 (el período de las obras más importantes). Pero no nos parece que se pueda hablar de relevantes mejoramientos sucesivos: neurastenias, ansiedades, obsesiones (precisamente él mismo se clasificaba como un «tipo obsesivo») son manifiestas también en el decenio sucesivo (incluso en el período de «Totem y tabú»). En 1923 Freud reconocía la propia decadencia intelectual, en el ’24 se consideraba psíquicamente debilitado, incapaz de concentrar el interés mental… «no soy más el mismo hombre -decía- estoy cansadísimo». Cuando se apresta a escribir el libro sobre la religión sabía que estaba agotado.

Perennemente ansioso por cada partida ferroviaria, por el arribo cotidiano del correo, por la espera de sus nuevas publicaciones, acusó «estados hipomaníacos» y, sobre todo, se paralizó por decenios en el pensamiento supersticioso de la muerte que lo indujo a una actitud masoquista, llegando a la exaltación de Tánatos o sea, a la prevalencia del negativo teorizado como supremo principio primordial, como veremos.

Sexualidad de Freud

¿Su fuerte pasionalidad envolvía la esfera sexual? ¿La alternativa y la contrariedad de sus sentimientos acarriaron influjos en su desarrollo erótico? Hemos visto que Freud estuvo atacado de neurastenia la mayor parte de su vida. ¿Podemos aplicarle el principio (del cual él siempre fue sostenedor) según el cual tales disturbios psíquicos están en relación a los disturbios de función sexual?, y este último tipo de disturbios ¿va diagnosticado sobre el plano físico y, además, psíquico? Está fuera de discusión su trauma infantil el ver y rever la desnudez de su joven madre; están fuera de discusión sus precocísimas fantasías de estupro de la hermanita y, quizás, de la madre; es necesario además prestar atención a su insistente curiosidad juvenil de tipo incestuoso, y también de alguna relación turbia con el ama de llaves. Sin embargo permanece dudosa la real incidencia patológica de estas dañosas experiencias.

Generalmente se es del parecer que sobre el plano físico el erotismo de Freud se haya mostrado más bien apagado y se subraya que a los cuarenta y un años Freud escribió: «la excitación sexual no es más algo para una persona como yo». Nosotros, empero, teniendo motivos para pensar que su vitalidad sexual fue no tanto apagada cuanto torcida, nos inclinaremos a no sobrevalorar tales declaraciones. En tanto, paralela y contemporánea a la afirmación referida, existe otra que muestra un interés demasiado entusiasta por un método (¿de cálculo?) que liberase al placer sexual de toda preocupación de concepción. Además, es necesario considerar la incidencia que puede haber tenido el mal funcionamiento prostático sobre el ejercicio de la funcionalidad sexual. Restaría aclarar ulteriormente la cornisa psicológica y fisiológica del engañoso intento quirúrgico para rejuvenecer los testículos, realizado sobre Freud cuando tenía la edad de sesenta y siete años. Uno queda desconcertado al constatar que su actitud general con relación a la sexualidad es extrañamente ambivalente: por una parte, hay muchos signos de anómalo sentido de la vergüenza y de la inhibición frente al sexo; por otra, notamos, un furor antimoralístico que lo llevó a amplias benevolencias respecto de las obcenidades y a exponerse temerariamente tanto a juicios injuriosos, cuanto a no gratuitas sospechas de incitar al libertinaje (sospechas reconocidas también con fundamento por personalidades excepcionalmente bien dispuestas hacia Freud y su obra).

Tal vez juegan muchos factores en este comportamiento, pero alguna luz puede aportarnos la consideración específica de la relaciones sexuales y eróticas realizadas efectivamente por Freud.

RELACIONES HETEROSEXUALES

a) Primera fase (de los 15 a los 25 años)

A los dieciséis años Freud tuvo una fuerte emoción erótica heterosexual exclusivamente fantástica e idealizada. En los años sucesivos parece que haya aprovechado de ciertas ocasiones para vivir experiencias carnales que permanecen imprecisas.

b) Segunda fase (de los 25 a los 40 años)

A los veintiséis años Freud conoció a Martha y la quiso. Anteriormente la joven estuvo a punto de casarse con un viejo ricachón del cual, obviamente, no estaba enamorada. Aunque Freud no representaba de hecho el tipo deseado, Martha no debía ser una joven difícil de abordar: el mismo día en que recibió, con cierta ternura sensible, la declaración amorosa de Freud recibió también efusiones y besos de un amigo del mismísimo Freud; el joven emprendedor era, a su vez, prometido a una querida prima de la misma Martha.

La hipótesis de que Freud haya tenido con Martha relaciones sexuales durante el noviazgo, nos parece fundada.

Freud se inquietaba por la palidez y las ojeras que de vez en cuando aparecían en el rostro de Martha, y dudaba si estos fenómenos fueran causados por los «ardientes abrazos» que se verificaban durante sus encuentros. En una carta, escrita al finalizar un período de enfermedad, Freud confiesa abiertamente a la joven su ardiente deseo carnal por ella. En otra carta escrita antes del matrimonio leemos este inciso: «te he hecho mía bajo todo aspecto». Freud recibió a la amada, por un cierto lapso en el cuarto por él alquilado, en el hospital donde residía. Pero hay un particular digno de notar, estos encuentros eran precedidos de estados psicológicos de fuerte agitación y depresión. ¿Y qué hacía nuestro autor? Se defendía con cocaína, para conseguir la virilidad y gozar la felicidad (Jones). Fines importantes, indudablemente, pero, a juzgar de los medios, expuestos, en nuestro sujeto, a extremo peligro de locura. Y cuando Martha estaba lejos, Freud no se preocupaba en lo más mínimo por otras mujeres, prefiriendo consolarse con el mismo recurso afrodisíaco. ¿Desinterés por otras mujeres o aversión por ellas? Desde París Freud escribe a su prometida esta increíble noticia «la fealdad de las mujeres parisinas es difícil de describir: no hay una con rostro pasable». Si Freud hubiese escrito así para tranquilizar a Martha con una mentira, habría sido un tanto imbécil. Por lo demás, no tenemos signos relevantes de los celos de Martha hacia Freud. Nuestro parecer es que Martha no tenía necesidad alguna de ser tranquilizada y que Freud se expresó sinceramente: las parisinas eran para él demasiado feas, más bien, casi despreciables. Lo que nos trae a la memoria la fábula esópica de la zorra y las uvas.

Freud se casó y engendró hijos. Se dedicó especialmente a las neurosis de las mujeres vienesas y sabía aquello que decía cuando hablaba de transfert, sin embargo no consta que él hubiese multiplicado el partner de su relación heterosexual, hasta que a los cuarenta y un años dijo haberse cerrado el capítulo de la «excitación» sexual.

c) Tercera fase (después de los cuarenta años)

Con justicia se ha notado que Freud, especialmente en la madurez se mostró muy incómodo frente a la mujer oscilando entre la idealización y la arrogancia lo que sugiere reflexiones piadosas sin necesidad de saber de psicoanálisis. Le gustaba rodearse de mujeres. Es significativo, por otro lado que le agradara la intimidad de mujeres masculinas, sofisticadas, narcisistas e intelectuales. Se indican varias y este capítulo de su vida merecería indagaciones más precisas. Hemos tenido la noticia de varios «triángulos» amorosos en los que Freud se dejó envolver sin problema, pero sólo sobre un plano psicológico, a veces denso en ambigüedades. Se complació del cortejo del que fue objeto por parte de Lou Andreas Salomé, amante de alto vuelo, sin embargo, mientras hacía análisis con Freud, no despreciaba la cama de Tausk, cuya relación (la de este último) afectiva con Freud era ciertamente morbosa[4]. Sucesivamente, durante el trágico «triángulo analítico» Freud-Deutsch-Tausk, Deutsch tuvo la convicción de que su maestro analista estuviera enamorado de ella, mientras ésta -no sabemos con cuánto conocimiento- volcaba sobre Freud el bidón entero de las turbias confesiones de Tausk que, contemporáneamente a ella, estaba analizando.

RELACIONES HOMOSEXUALES

Freud reconoció aunque tardíamente, su error en torno a la actividad incestuosa del propio padre, pero, muy probablemente tuvo sobre esta relación, en la cual él figuraba como objeto libidinoso pasivo, fantasías de tipo maníacas, desde su niñez, de otro modo parece difícil explicar su error. Las posibles explicaciones psicoanalíticas de este fenómeno no interesan tanto cuanto apuntar (a causa de su posible significado autobiográfico) un comentario del mismo Freud sobre «otra» persona, la cual «después de la muerte del padre se privó de toda satisfacción con el otro sexo, por un tierno sentido de culpa».

Menos incierto fue su relación con su nieto (mayor de edad) John, compañero inseparable de juegos (no siempre inocentes) y de imaginarias gratificaciones eróticas, quien mantuvo sobre Freud una notable influencia.

De su persona, siempre se transparentó algo femenino, vulnerable, y él mismo advertía vagamente el ser evitado con sospechas e instintivamente menospreciado. Ya hombre, lo encontramos engolpado en una «íntima amistad» con un excéntrico drogadicto, del que era financiado (y no escasamente): Fleischl. Freud sentía hacia él una sorprendente infatuación («ha sido siempre mi ideal») que persistió aún después que Fleischl entró en las arenas movedizas de la intoxicación. A Martha, que quizás sospechaba, Freud aseguró: «lo amo con una pasión intelectual… lo amo no tanto como ser humano, sino como un precioso resultado de la creación…»

Desde 1882, por más de diez años Freud mantuvo una íntima amistad con Breuer, el cual le pasó una mensualidad por muchos años y le dio un importante y riesgoso apoyo cuando llegó el momento de lanzar el psicoanálisis. Sin embargo, la admiración, la solidaridad y la gratitud de Freud por Breuer, se desvanecieron totalmente y se convirtieron en veneno cuando Freud fijó sus pupilas sobre aquel sol radiante que se llamaba Fliess (su otro financiador, naturalmente, generoso por otra parte, también con el hermano de Freud, Alexander).

Breuer hizo de todo para provocar celos a la mujer de Fliess por las relaciones entre su marido y Freud, y esta señora reaccionó a sus estímulos, teniendo «buenas razones», anota Jones: la amistad entre Freud y Fliess fue «cuanto de más íntimo se puede imaginar», tanto que obligó a Ana Freud a una rigurosa censura sobre la publicación del carteo entre los protagonistas[5]. Amistad «neurótica» en la que Fliess, ¡Ay de mí!, representaba el padre adorado. Fliess era el teórico de la bisexualidad que encantó al bisexual Freud sobre la precisa medida del ciclo vital que tocaba al perfecto bisexual (51 años) y era un entusiasta gozador del maravilloso y mágico fármaco por el cual el depresivo Freud sentía ya tanta consideración: la cocaína.

En el decenio 1890-1900, los dos solían apartarse por largos intervalos, durante el año, en lugares lejanos a sus residencias, para convivencias que duraban dos o tres días. Freud experimentaba por estos «extraños encuentros» un deseo espasmódico y alcanzaba una satisfacción incomparable por el «estar cerca» de Fliess.

«Nadie -escribía- puede sustituir las relaciones con un amigo que pide una parte particular de mí mismo (tal vez el femenino)». A estos peculiares retiros Freud los llamaba con alusivo y equívoco latinismo «congresos». Cuenta Jones que en 1896 Freud calificaba uno de estos «congresos» como «satisfacción de hambre y sed».

Después del encuentro de Nüremberg en 1897, por el cual tanto había «suspirado», Freud se encuentra en un «estado de euforia permanente» y trabaja «como un joven». Tres meses después esperaba un nuevo «congreso» como «un verdadero apagamiento de deseos, un bello sueño que se realizará». Su frescura en el trabajo está en función de la distancia respecto de un «congreso». En abril de 1898, no habiendo podido apagar esta necesidad, Freud escribió: «después de cada uno de nuestros congresos me he sentido fortalecido por semanas enteras… este período de abstinencia no me enseña nada».

Las circunstancias de la ruptura con Fliess (1900) permanecen oscuras. En 1901 Freud propuso en vano a Fliess de escribir juntos un libro sobre la bisexualidad; en vano, en 1902, envió una llamada para el reencuentro; en vano mandó desde la evocativa «tierra italiana» una tarjeta postal al amigo que una vez había dicho de querer conservar «para siempre». ¡Finalmente el desagradable suceso de Weininger! En 1906 un último encuentro ocurrió entre los dos en una habitación del Park Hotel de Mónaco: fue el litigio definitivo, y Freud llegó a los síntomas del desvanecimiento. Fue un golpe duro. Aún en 1923 Freud daba signo de resentimiento por haber sido abandonado por Fliess. «Superado el asunto con Fliess», Freud dijo haberse encontrado frente a «un pequeño Fliess redivivo». Era Adler[6]. Esto merecería profundizaciones (como también su especial relación con Rank y con el ambiguo Stekel). Siguió el caso Jung, cuyo transfondo homosexual está explícitamente admitido. Jung, cuyo pasado no era del todo limpio, concibió para Freud sentimientos «filiales», no precisamente rectos. Freud se encandiló con la nueva estrella. Este estaba muy ligado a un superior suyo, Bleuler, el cual procuraba muchísimo que Jung no bebiese alcohol. Almorzando en compañía de Jung (en Brema, en 1909) Freud persuadió a su delfín a que renunciase a la abstinencia del vino: bebieron juntos. Freud finalmente había desplazado a Bleuler ¡oh, suprema experiencia! Freud se desvaneció. Siguió el viaje americano de Freud y luego el éxito americano de Jung; entre los dos se espesaron sombras, equívocos, celos, rivalidades. En 1912 Freud encuentra a Jung en el Park Hotel de Mónaco en la misma habitación donde seis años antes había roto definitivamente con Fliess. En el curso de una amarga discusión, Freud se desmaya nuevamente, Jung lo toma entre los brazos y Freud recobra súbitamente el sentido murmurando: «cuán dulce debe ser el morir»[7]. Hasta último momento los dos se trataron femeninamente: se reprochaban mutuamente la «neurosis», y cada uno tenía la suya[8]. Mientras se oscurecía el astro suizo, Freud no era del todo insensible a los abordajes de Ferenczi, otro tipo sobremanera femenino, molesto por un deseo insaciable de amor y de ilimitada intimidad. Freud, empero, no pudo en 1910 contentar a su solicitante porque -como él confesó- ya había podido reabsorber al menos una parte de sus cargas homosexuales.

En 1911 Ferenczi iluminó el Congreso Psicoanalítico de Viena con su estudio sobre la homosexualidad (sin embargo, también en el Primer Congreso, el de 1908, la homosexualidad había tenido una consideración especial). Fue un discurso entre especialistas (también Lou Salomé era amiga íntima de una lesbiana) de no fácil comprensión. Freud, que ya había escrito tan tolerantemente sobre la masturbación, se explayó con indulgencia sobre la homosexualidad. «El hombre – sentenció – no debe luchar por eliminar sus complejos, sino ponerse de acuerdo con ellos». No deja de ser interesante notar que, cuando una mujer de media edad, curada de depresión por él, se transformó en una lesbiana activa inmune al sentido de culpa, él exultó por el «éxito de la terapia analítica». En 1935 escribió: «la homosexualidad no tiene nada de vergonzoso, no es un vicio, no es una degradación y no puede ser calificada como enfermedad; nosotros la consideramos como una variante de la función sexual … nosotros no podemos prometer el llegar a sustituírla con la común heterosexualidad… en la mayor parte de los casos no es posible… pero el psicoanálisis puede tranquilizar al homosexual». La lección había sido tempestivamente bien apreciada por uno de los psicoanalistas italianos, Modena, quien había claramente afirmado que la homosexualidad no es de hecho un fenómeno degenerativo. Marcuse llegó «último» en este tren abandonado.

Sentido de responsabilidad médica

A los veintidós años Freud preveía que su «verdadera profesión» sería aquella de «mutilar animales». A los veintitrés años, estando en el ejército teniendo el sólo deber de visitar el hospital, fue arrestado por haberse ausentado, sin permiso y haber dejado de asistir a las visitas de los enfermos por ocho veces seguidas. Todavía a los veintiséis años esperaba no llegar a ser médico.

En realidad, refiere Jones, Freud no se sintió jamás un verdadero médico (profesión que él psicológicamente, emparentaba con las tendencias sádicas del individuo), y deseó siempre retirarse de la práctica médica, a la que se veía obligado por exigencias económicas; su sueño era dedicarse por completo a los problemas históricos y culturales.

Es más, a los veintinueve años dudaba mucho poder mantenerse trabajando como médico, sintiéndose inepto, embarazado, incapaz e ignorante frente a los pacientes que lo consultaban. No se trataba de timidez: en 1885 diagnosticó que al amigo Fleischl no le quedaría más de seis meses de vida; en cambio el desgraciado tuvo que sufrir las atroces consecuencias de una terapia errada por más de seis años. El año siguiente el doctor Freud decidió una pequeña intervención quirúrgica sobre un conocido actor: un fracaso. En 1887 curaba la neurosis con hipnosis, satisfecho de ser admirado como un mago. En vano el competente Meynert había públicamente evidenciado graves contraindicaciones de esta terapia. Sólo en 1891 Freud admitió haber insistido por un camino completamente equivocado, probablemente seducido por las mentiras con que los pacientes mismos, fingiendo hipnosis, lo ilusionaban. Uno se sorprende de sus consejos incongruentes en el tema de la crianza de los niños, de la tolerancia al proteger a uno de los hijos que hacía de «don Juan» de las pacientes durante el período en que éstas venían a ser analizadas al estudio de su padre, por no mencionar el hecho de que él no evitó analizar, contra las mismas indicaciones elementales dadas por él perentoriamente a los otros analistas, coinquilinos e incluso parejas casadas, no obstante que conociese bien la inoportunidad de que los pacientes, hablaran entre sí del análisis durante el análisis. Esto, sin embargo, es lo menos importante.

El doctor Freud -que entre los íntimos llamaba a sus pacientes «loquillos»- no se guardó de publicar las particularidades íntimas y perversas de la vida sexual de una paciente sin permiso de la misma: la decisión parece gravemente incorrecta también por su innegable imprudencia. No puede sino maravillar el dato de que el profesor Freud haya excluído decididamente del tratamiento psicoanalítico a los psicóticos, alejados de él como irrecuperables e incurables y despreciativamente colocados al mismo nivel de los delincuentes, comportamiento éste que en un terapeuta profesional nos parece simplemente anormal. También estamos forzados a dar relieve a otro comportamiento gravemente irresponsable, en relación al uso terapéutico de la cocaína.

El doctor Freud da la impresión de expresarse de modo retorcido cuando explica haber solicitado y obtenido esa droga empujado por «un interés marginal aunque profundo». Esto acaeció en 1884 cuando tenía la edad de veintiocho años. Los efectos excitantes de la cocaína eran conocidos y Mantegazza había defendido competentemente su uso terapéutico. Nuestro autor experimentó, poco heroicamente, sobre sí mismo el efecto de un veintésimo de gramo de droga, y, poco prudentemente, se infatuó a tal punto de llegar a distribuirla a todos sin preguntar siquiera si podrían darse contraindicaciones. La dio inmediatamente a su amigo de corazón, el morfinómano Fleischl, para liberarlo de su toxicomanía; la dio a su esposa Martha para colorearle las mejillas; a las propias hermanas, para elevarles el ánimo; y a colegas amigos, naturalmente, exhortándolos a darla a pacientes. Escribió sobre el argumento un ensayo eufórico añadiendo, de pasada, que eran de esperarse eventuales aplicaciones anestésicas. En realidad, Freud no creía mucho en esto pero un colega suyo probó y encontró esta aplicación como verdaderamente terapéutica. En 1885 se descubrieron otras o varias aplicaciones terapéuticas de la cocaína. Entre otros, un investigador americano, la inyectó en los nervios abriendo el camino a la posibilidad de provocar un bloqueo nervioso con fines quirúrgicos. Freud no aprovechó estas pistas, sino que utilizando arbitrariamente la aguja hipodérmica inventada por su director hospitalario, doctor Scholz, practicaba inyecciones subcutáneas de cocaína, sin ningún resultado útil, ¡para quitar la adicción a la morfina y para curar la neuralgia del trigémino! Lo que sigue se lee en una conferencia suya en 1885: «aconsejaría sin dudar la suministración de cocaína por inyección subcutáneas de 0,03-0,05 grs. por dosis, sin preocuparme de una acumulación de la substancia». El año siguiente, mientras era universalmente reconocido que la cocaína podía llevar a graves consecuencias, el doctor Freud prescribió una fuerte dosis del fármaco a un paciente suyo que murió de esto. En 1887 admitió que era indispensable abstenerse de prescribir inyecciones subcutáneas de cocaína en cualquier enfermedad interna o nerviosa, ¡práctica nefasta, derivada, decía, de la aguja hipodérmica de Schölz! Más tarde negó incluso el haberla alguna vez aconsejado.

Freud continuó utilizándola pero en 1916 advertía a Ferenczi que, tomada en exceso, podía producir síntomas paranoicos.

Muchos años después, Freud debió abandonar las aplicaciones que hacía sobre sí porque se percató que provocaba condiciones precancerosas. Mientras se daba cuenta de los daños que el uso y el abuso que esta droga comportaba, se hacía consciente de cuán peligroso fuese someter a tratamiento psicoanalítico un cocainómano. Si en la difusión del fármaco mágico Freud demostró escaso sentido de responsabilidad, no manifestó una mayor al divulgar, incluso a través de los mass-media, el psicoanálisis. Sobre la base de estos datos no se podría ciertamente afirmar que Freud se haya demostrado como médico responsable.

Humanidad de Freud

También sobre el sentido de humanidad de nuestro autor se deben tener grandes reservas, como resulta evidente, por otra parte, de cuanto llevamos referido.

Su regla era descargar los fastidios sin preocuparse del peso desproporcionado que recaía sobre las espaldas del prójimo. ¿Meterse en el bolsillo la llave del portón cuando regresaba de noche? ¡No! ¡Que se levante mejor el portero! ¿Tomar para sí el peso de recuperar a Reich que caminaba hacia el peligro extremo de precipitarse en una gravísima depresión? El profesor tenía cosas más importantes de que preocuparse: «jamás he tenido el deseo de consolar a la humanidad sufriente», son sus palabras.

Uno de sus primeros seguidores fue Silberer. Y bien: la relación entre él y Freud degeneró y la amistad originaria se derrumbó en una enemistad que, en el interior de Freud, encontramos armada de una hostilidad que ignoraba todo cuidado. Silberer se suicidó; a tanto llegó la ofensa.

Paul Roazen explicó como Freud se lavó las manos en la fastidiosa enfermedad de Tausk[9]9 . Tal vicisitud arroja algo de luz sobre el rostro espiritual de nuestro autor. Resumámosla. El judío Víctor Tausk había estado entre los primeros seguidores de Freud. Era ciertamente un desgraciado, por su pesada herencia familiar, por su desprecio de la religión, por la infelicidad de su matrimonio y por su incapacidad de establecer una relación estable con una mujer. En 1904 inició su carrera de abogado, pero la cambió por la de bohemio. Luego se dedicó al periodismo pero se agotó: se manifestó así su predisposición a regresiones psicopatológicas con fuertes lineamientos pesimistas. En este punto él toma contacto con Freud que le invitó a subir sobre la barca psicoanalítica. Tausk fue siempre fiel a Freud defendiéndolo fuertemente primero contra Adler, después contra Jung. Era considerado genial, creativo, capaz de hacerse escuchar en las cimas de la psiquiatría oficial… pero Freud no podía soportar que Tausk pudiese tener una idea antes que él, diciendo que él se la robaba y que fastidiosamente la daba a conocer con anticipación… y la relación se echó a perder. Se enturbió también por un sospechado erotismo (triángulo Freud-Lou-Tausk) y con otras tensiones externas en las que Tausk se había dejado llevar.

A un cierto punto, la crisis pareció a Tausk que no tenía salida sin la ayuda de Freud y, pensando que el maestro se recordase algunos de sus servicios, pidió humildemente aquello que en un tiempo había rechazado, esto es, ser analizado por el mismo Freud. Tal vez, por revancha o por evitar un fastidio mayor, Freud, creyendo que Tausk fuese entonces inutilizable, rechazó la propuesta, justificándose diciendo que Tausk lo inhibía. Replicó, al contrario, con una contra propuesta con la cual exponía uno de los más representativos componentes de la sociedad psicoanalítica a una humillación cierta y a un riesgo probable.

Freud estaba analizando en ese momento la novicia Elena Deutsch (de la que ya hemos hablado). Propuso, por consiguiente, que el maduro y experimentado Tausk se sometiese al análisis guiado por la Deutsch.

Tal vez porque ésta era la última tabla en la que el náufrago podía apoyarse, o porque Tausk era consciente del triángulo turbio de intercambios que así se formaría, el pobre aceptó. Freud manejaba a la Deutsch, ésta drenaba a Tausk, éste último comenzó a dar libre desahogo a todo lo que le hería adentro, incluso sobre Freud, el cual, llegado el momento en que la medida le pareció colmar, sin preocuparse en lo más mínimo de controlar las reacciones del enfermo, ordenó a Helene Deutsch interrumpir bruscamente la relación analítica, botando a la deriva a Tausk. Proponiendo esta relación tan especial, Freud sabía que suscitaba amplias expectativas en una situación psicológicamente dramática, interrumpiendo personalmente esa relación entre los tres. También sabía que provocaría una desilusión a la que no ofrecía remedio. Tausk recibió un golpe mortífero. Cuando llevaron a Freud el anuncio del suicidio de Tausk, él (tenía sesenta y tres años) permaneció completamente impasible.

Cuando Honegger, amigo y colaborador de Jung, se suicida, Jung se planteó el problema de su responsabilidad, pero Freud no obró así en el caso Tausk. La Deutsch descargó su responsabilidad sobre Freud, el cual la absolvió plenamente. Informando después a Lou el triste fin de Tausk, el profesor añadió no extrañarlo para nada, habiéndose convertido Tausk en inútil y dañoso. «Lo había abandonado ya desde hace tiempo».

Alcanzan así todo su justo relieve estas otras palabras de Freud: «siempre me ha parecido que la crueldad y una prepotente confianza en sí mismo constituyen la condición sine qua non de aquello que, una vez realizado, nos da la impresión de grandeza».

No estamos en grado de ofrecer una explicación de tanto cinismo moral. Ciértamente esto es el resultado de una larga e incisiva experiencia, como es, mutatis mutandis, aquella de la caridad de los santos. En el caso de estos últimos la Iglesia da mucha importancia a la escuela ascética en la que sus campeones se formaron. No sabemos si la sociedad psicoanalítica use criterios análogos, sin embargo Federn, después del suceso Tausk, escribió: «el rigor metodológico comunicado en la enseñanza de Freud endurece el corazón de las personas». También él se suicidó.

Poder Intelectual

El influjo de las predicciones de un poeta charlatán lo había orientado hacia la facultad de jurisprudencia, pero la fascinación del darwinismo prevaleció y así nuestro autor cruzó el umbral de la medicina. Providencialmente, porque el único exámen en el que Freud fue reprobado, en su currículum universitario, fue justamente el de medicina legal. Durante los estudios pareció concentrarse en la biología y la zoología, pero pronto admitió haberse aplicado a ellos con escasa diligencia, lo que explica la irregularidad de sus estudios y el retraso de tres años en concluir la carrera universitaria.

«En mis primeros tres años de universidad -comenta Freud- fui obligado a descubrir que las características y las limitaciones de mi capacidad natural me negaban todo logro en muchos campos de la ciencia».

Sin embargo, tenía una excelente memoria visual, gracias a la cual estaba en grado de dar una respuesta automática «idéntica a las frases de los libros que había hojeado -nos informa- apenas una vez».

Como se sabe, Freud alimentó ambiciones de carreras universitarias que quedaron diluídas.

En 1881 comenzó a ser el «demostrador» en el laboratorio de Brücke. Habría debido pasar por «asistente», luego «ayudante», en fin, «profesor». Empero, el año siguiente, Brücke le aconsejó abandonar la carrera teórica. ¿Por qué? No por escasa simpatía, ciertamente, porque si Freud obtuvo la libre docencia en neuropatología y la beca de estudio en París, fue sólo gracias a las recomendaciones y a las influencias personales de Brücke. Dijo que éste le dio aquel «consejo» en consideración a sus aprietos económicos. Puede ser. Pero cuando Meynert le ofreció la enseñanza, Freud lo rechazó «espantado de la exigencia del cargo». Más tarde, como hemos ya acentuado, obtuvo, por caminos turbios, el nombramiento de profesor ordinario, pero sin cátedra y por tanto, sin responsabilidad de enseñanza. «No me adaptaría al profesorado – encontramos escrito por él -; tengo siempre en mí algo de salvaje».

¿En qué sentido la mente de Freud podía llamarse «salvaje»? ¿No era tal vez capaz de abrir una senda de afinamiento intelectual y de progreso científico?

Realizó investigaciones sobre el análisis de los gases, sin ningún resultado. Sus investigaciones anatómicas sobre el tejido nervioso eran elaboraciones de sugerencias ajenas. Cuando estuvo a punto de verificar la aplicación de cocaína como anestésico en la cirugía oftalmológica se dejó «llevar por la incredulidad» de quienes lo rodeaban. Jones dice que, llegado al umbral de la teoría de las neuronas, «no osó impulsar su pensamiento hasta las lógicas y no lejanas conclusiones».

Ejercitando la docencia en neuropatología confirma no saber nada acerca de la neurosis (1884). «Una vez presenté a mi auditorio un neurótico que sufría de cefalea persistente como un caso de meningitis crónica localizada. Explotó una especie de insurrección contra mí y con esto concluyó mi prematura actividad docente».

Sus investigaciones sobre la afasia (1891) avanzaban, sí, una hipótesis de alteración funcional, pero siempre en referencia a una zona del cerebro más o menos gravemente lesionada. Este estudio no fue jamás citado y después de nueve años habían sido vendidas sólo doscientas cincuenta y siete copias.

También en su estudio sobre la parálisis infantil (1891) no existe la mínima alusión a una hipótesis -explicativa- psicológica de este disturbio.

Entre 1892 y 1895 Freud hizo investigaciones psicológicas en orden a hallar un método para sondear el inconsciente. En 1895 lo indicaba como el «método catártico de Breuer». En realidad a Breuer se lo había sugerido un paciente, se asemejaba aún demasiado al método hipnótico como para aparecer original. Sin contar la sugerencia más o menos indirecta que a Freud le había llegado de uno de sus autores preferidos (Ludwig Boerne), y, quizá por cierta tradición judía.

Los estudios sobre el histerismo de 1895 (que signan el nacimiento del psicoanálisis), escritos con Breuer, no fueron apreciados (después de trece años no fueron vendidos sino trescientas veintiséis copias). En 1896 (tenía treinta años) presentó la hipótesis un tanto singular sobre la causa del histerismo: una experiencia sexual pasiva (es decir, una seducción violenta) anterior a la pubertad (generalmente a la edad de 3 – 4 años). Esto, para él, era el punto fundamental de toda la neuropatología. Dos años después, sin embargo, él mismo había abandonado, mientras sus colegas la habían juzgado inmediatamente fabulística.

Publicó «Interpretación de los sueños» en 1900. Vendió pocas copias (seicientas en ocho años) y no obtuvo ninguna recensión favorable. Sin embargo aquí comienza su obra más original. Empero, no hay que despreciar lo que nuestro autor escribió: «no puedo tener la certeza, dado el gran número de lecturas hechas, en la juventud, que aquello que he pensado era una nueva contribución, fuese, en realidad, un efecto de criptoamnesia».

A esta altura nos parece poder notar al menos cuatro deficiencias la actividad intelectual de Freud.

La primera, su escasa disponibilidad para la discusión científica.

La segunda, su escasa disponibilidad a la precisa cuantificación de los fenómenos, por lo cual reconoció: «mi capacidad y mi talento son muy limitados, y absolutamente inexistentes para lo que atañe a las ciencias naturales, a la matemática y todo lo que sea cuantitativo».

La tercera es su negligencia para verificar prudentemente las hipótesis fantasiosas. Se excusaba afirmando: «sería un error creer que la ciencia esté constituída sólo por tesis rigurosamente demostradas», pero con esta afirmación demostraba descuidar lo que de ningún modo es descuidable, o sea, la demostración (¡recordemos el ejemplo de Stekel!).

La cuarta es su inclinación a la unilateralidad, lo cual fue reconocido explícitamente por Ferenczi y por Jones. Freud admitió que su contribución era unilateral pero sostuvo que «esta unilateralidad era necesaria a fin de descubrir lo que permanece oculto para otros». Diciendo esto, sin embargo, nuestro autor exaltaba la originalidad de la investigación, olvidando el peligro de exageración y la extravagancia.

Somos por tanto del parecer que Freud no exageró al «lamentarse de no haber recibido una mejor dotación intelectual», al admitir la insuficiencia de sus soluciones, al prever que las leyes por él formuladas serían abandonadas, al negar ser un científico, un observador, un experimentador, un pensador; al confesar, en fin, de ser sólo un aventurero (Jones). No exageraba.

Del Libro «Critica alla psicoanalisi»

Traducción realizada por el Rvdo. P. Dr. Miguel Angel Fuentes

y por el Sem. Miguel Angel Pertini

NOTA BIBLIOGRAFICA

Al que es novicio en los argumentos sería aconsejable, ante todo, una información general sobre los judíos en el ambiente medio-europeo, y sobre todo la vida vienesa en el período guillermino (por ejemplo, el libro de A. Janik y S. Toulmin: La grande Vienna [La gran Viena], Garzanti editores).

Para focalizar el influjo pseudo científico del ambiente sobre Freud, es aconsejable el libro de F. J. Sullo Way: Freud, biologo della psiche [Freud, biólogo de la psiquis], Milán, 1982).

Importantes precisiones sobre el árbol genealógico de nuestro autor en Freud [Freud], de R. W. Clark, Milano 1983. Importante el libro documentado de M. Krüll: Padre e figlio. Vita familiare di Freud [Padre e hijo. Vida familiar de Freud](Torino 1982): allí encontramos, entre otras cosas, que Freud provenía de una familia de falsarios en la cual aleteaba un turbio erotismo. No hay que negligir las instructivas fotos y explicaciones de Biografia per imagini [Biografía de imágenes] , Torino 1978 (a cargo de E. Freud y otros).

Varios autores han puesto de relieve la neurosis y enfermedades en Freud, cuya progresividad fue subrayada en trescientos dieciocho paneles de la muestra de París en 1976.

Bien poco de interesante han agregado las teorías inéditas freudianas que dieron a la luz en estos últimos años.

Cierto interés biográfico se le debe reconocer al libro de Didier Auzien: L’autoanalisi di Freud [El autoanálisis de Freud], Z. W., Milán 1977. Sobre la relación de Freud con la droga es importante el libro de nuestro autor Sulla Coca [Sobre la coca](Roma 1979), a integrar con aquél inglés de E. Thornton: Freud and Cocaine [Freud y la cocaína].

El carteo de nuestro autor con Lou Salomé fue publicado bajo el título Eros e conoscenza [Eros y conocimiento] (Torino 1983). Acerca de Lou fue publicado un libro ciertamente importante: La materia erotica [La materia erótica] (Roma 1985).

El triángulo Lou-Adler-Freud hay que desentrañarlo mejor todavía, como, por su parte, el triángulo Sabine Sperlein-Jung-Freud (para esto ver A. Carotenutto: Diario di una segreta simmetria[Diario de una secreta simetría], Milán 1980).

Señalamos, por otro lado el libro de Samuel Rosemberg: Perché Freud è svenuto [Por qué Freud se desmayaba] (Milán 1980).

El trasfondo erótico de la relación Jung-Freud, es evidente en su carteo (Torino 1974), no obstante que faltan todavía las treinta cartas más comprometedoras.

Es innegable la importancia del estudio de J. M. Masson publicado con el título Assalto alla verità [Asalto a la verdad], (Milán 1984): contra la verdad se muestra a Freud, a fuerza de sus mismas palabras. Este libro agrava más nuestro juicio sobre la honestidad intelectual, la humanidad y la profesionalidad de Freud. Más completo: Sigmund Freud, Lettere a Wilhelm Fliess[Sigmund Freud, cartas a Wilhem Fliess], 1887-1904, Torino 1987.

De segura, aunque olvidada, importancia biográfica es el Carteggio Freud-Groddeck [Carteo Freud-Groddeck], Milán 1973, iluminado ahora con dos volúmenes sobre Groddeck: Il libro dell’ES, Il linguaggio dell’ES [El libro del Es, el lenguaje del Es], (Milán 1987). Hay que notar:

1) Entre los dos siempre hubo estima y acuerdo,

2) Freud dependió de Groddeck;

3) Groddeck es un corrupto, un gnóstico satanista.

Tiene importancia también biográfica el libro de Luisa de Urtubey: Freud et le diable [Freud y el diablo], PUF 1983 (con amplia bibliografía)

La autora de estas páginas, psicoanalista, hace notar la relación de Freud (y de muchos de sus amigos) con el ocultismo, y devela maravillosos parentescos entre Freud y lo demoníaco.

Superstición, brujería, posesión, extrañas identificaciones constituyen en la vida y en la obra de Freud un entretejido, conocido sólo si se lo estudia: Freud es un mago. El mismo ha afirmado su secreta identidad: UN DEMONIO SEDUCTOR.

 

[1] Para la mayor parte de los datos y citaciones aquí evocadas: cf. Ernest Jones, Vita e opere di Sigmund Freud, Milano, 1973. Es su biógrafo oficial.

[2] Carta a Fliess del 21/9/l899: «El paciente es como un bello pececillo dorado. Si acepto curarlo, dependerá en general de cómo lucrar con él. Para mí el dinero es un gas divertido…».

[3] Cf. G. Hauzum, Freud: la vita, il pensiero, y testi esemplari, Milano 1970, p. 58.

[4] Esta aventurera rusa enredó numerosos «personajes», todos exprimidos y luego, dejados… para ella, el amor estaba basado «sobre el principio de la infidelidad», la relación carnal era equiparada al beber y al comer.

[5] Estas «censuras» son frecuentes ¿serán tan solo protectoras? Es cierto que las progresivas caídas de tales barreras son «productivas» de… nuevas ediciones…

[6] Poco después fue definido por el mismo Freud como «traidor, paranoico, payaso». El judío Adler, se hizo, extrañamente, protestante mientras gravitaba en torno al socialismo revolucionario y terrorista. Más tarde se estableció en América. Figura muy ambigua.

[7] La discusión -como es manifiesto en un documento existente en el archivo Jones, citado por Roazen- versaba sobre un argumento histórico-esotérico y de esto Freud llegó a la conclusión de no seguir siendo para Jung «la cosa más importante».

[8] También Jung había tenido, de niño, relaciones homosexuales con un hombre de su devoción (cf. Piero Citati, Caro Freud lei è nevrotico, «Il corriere della Sera» 3 de agosto de 1975).

[9] Cf. Roazen P., Fratello animale, Torino 1973. El hijo de Tausk, Marius, médico y docente universitario cita favorablemente a Roazen en la edición de «Spirali» de octubre de 1979.

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