Enrique Díaz Araujo, “Prólogo a «América, la bien donada»”, Diálogo 6 (1992).

PRÓLOGO A «AMÉRICA, LA BIEN DONADA»

Por el Dr. Enrique Díaz Araujo*

El tema de la presente obra fue suscitado por el Quinto Centenario del Descubrimiento de América, aniversario de uno de los mayores acontecimientos de la humanidad. A raíz de él se reabrió una disputa secular, que conmovió a un sector de la intelectualidad occidental. En esa ocasión, con toda la carga ideológica proveniente del arsenal instrumental de las postrimerías de la Modernidad.
Como desde un principio, la España conquistadora de los Siglos de Oro fue nuevamente sentada en el banquillo de los acusados. En un contexto pacifista-utópico, reverdeció el indigenismo americano y europeo, para reiterar su conocida requisitoria penal. Castilla habría sido una delincuente internacional, invasora y genocida, que, en esa mala hora del 12 de octubre de 1492, posó sus plantas colonialistas y opresoras, destruyendo los hombres y las culturas aborígenes. Luego, 1992 debía ser considerado como un momento de llanto y duelo, de memoración de los pueblos esclavizados por la codicia de los conquistadores. El «crimen» de la España Imperial, que ya le enrostrara fray Bartolomé de Las Casas -con su «Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias» y su «Apologética Histórica»-, por ser delito de lesa humanidad sería imprescriptible.
La furia y el resentimiento indigenista no se han aplacado con el correr de los siglos, antes bien, se han exacerbado. No se admite la palabra «descubrimiento»; reemplazada por la de «encubrimiento». En la denominada «Procesión Penitencial» Europea de 1992, se leyó un texto que decía: «1942-1992 son fechas que en la visión de los indígenas y negros latinoamericanos representan un calvario con numerosas estaciones
de pasión y un viernes santo, que dura desde hace 500 años… El Evangelio no fue para ellos embajada de paz, sino una mala nueva que trajo desgracias». Un grupo de diputados nacionales de la República Argentina presentó, en el Congreso, un proyecto de ley para que se instituyera el 11 de octubre, como «último día de la Liberación de América Latina» (se trataba de legisladores izquierdistas que, al mismo tiempo, estaban fomentando o tolerando la intervención abierta de los Estados Unidos, en los asuntos internos de la argentina). «Fecha infausta… una de las páginas más bochornosas de la historia universal», dijo del Descubrimiento el gran demócrata cubano Fidel Castro, en julio de 1985, al oponerse en las Naciones Unidas, a la celebración del Quinto Centenario («Así paga Fidel haber sido ubicado en los mapas», fue el comentario del eximio escritor venezolano Uslar Pietri).
Así se vio a esos europeos cristiano-progresistas, a los políticos del marxo-yanquismo, y a los supérstites del stalinismo, aferrarse al mito indigenista como tabla de salvación común. Rindiendo homenaje, a la «América Pre-Colombina»; apelando, por ausencia de otras palabras designadoras, a los patronímicos de dos de los más insignes navegantes italianos, al servicio de la Corona Española.
No fue ese el único equívoco indigenista. Lo sólito, bien que poco elegante, fue recusar a Castilla en castellano. Con lo cual, sin saberlo quizás, rendían tributo a un otro aniversario. Puesto que en el mismo 1492 publicó Elio Antonio de Nebrija la primera «Gramática» de nuestro idioma, con el aviso de que:»siempre la lengua fue compañera del Imperio». El castellano, «claro y límpido raudal», la «lengua que yo adoro», «lengua del ritmo de oro y de la vibración marcial», que dijera nuestro compatriota Leopoldo Díaz, triunfaba en los agravios de sus denostadores. Con ello se cumplía la profecía de Nebrija, acerca de que los «pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas» se entenderían en castellano, «en toda la duración de los tiempos que están por venir». Victoria merecida, toda vez que cual le indicara el Emperador Carlos V, al Obispo Macón, embajador del Rey de Francia- en un parlamento celebrado, en 1536, ante el Papa Paulo III-, se trata de una lengua «tan noble que merece ser sabida y entendida por toda la gente cristiana».

No lucieron, no, el quechua, el guaraní o el mapuche ni ningún otro de los cientos de dialectos, de las 58 lenguas troncales, de los nativos amerindios-, en las saturnalias indigenistas. Como tampoco acudieron a los jeroglíficos mayas, ni a las cuentas con los quipus quechuas. Que sepamos, no retornaron a una alimentación a base de maíz, ni se vistieron con taparrabos. Se los ha visto en sus agasajos ingerir proteínas cárneas, equipados con trajes «sport», sofisticadamente «informales». Sus ruidosos discursos mentaban un ideal de vindicta justiciera, que no se inspiraba en Huichilobos o Pachacutec. Más bien parecía prestado por Descartes, Rousseau, Kant, Hegel, Marx o Freud, o, cuando menos, por Levinas, Adorno, Habermas, Sartre, Barthes, Foucault o Wittgenstein. Que poco tenían que ver con la «peculiaridad americana», y mucho con la universalidad de la cultura. De igual modo, no han prescindido de los aportes técnicos-civilizatorios «imperialistas» que, a partir de la rueda, la plomada, la bóveda o el compás traídos por los conquistadores, han hecho más confortable nuestra calidad de vida.
Paradojas indigenistas.
Que descubren el origen europeo, anti-hispano y anti-cristiano, de esa postulación.
Hace unos años, en la Argentina, se puso de moda impugnar la tradición ibérica en función de una apología de la inmigración centro-europea. Entonces se dijo que no descendíamos de España, ni de la tierra criolla sino «de los barcos». Ahora, esos mismos ensayistas, anoticiados de que los indígenas no disponían más que de botes precarios, se quejan de la «inculturación» que aportaron los castellanos, que arribaron en naves transoceánicas. Así como se escandalizan con los indios muertos en las guerras de conquista, y no vacilan en justificar, los millones de indios sacrificados en los altares de los dioses sanguinarios, por su carácter «ritual» (demoníaco).
Paradoja principal: el dominio de los bienes americanos.
La teoría indigenista descansa en un supuesto: el de la «usurpación» territorial hispánica. Los únicos dueños de las tierras y sus productos serían los aborígenes. Bien, pero en tal caso lo justo debido es la restitución de lo usurpado. Sin saneamiento temporal de los antepasados íberos, como aquellos otros europeos que se los han ido adquiriendo a través de los siglos, deben devolverlos a los caciques y curacas sobrevivientes. Esa es una lógica de hierro. De nuevo:bien. Mas, toléresenos esta inquietud: estarán prontos a aceptar esas consecuencias los voceros del indigenismo…? O pretenderán quedarse en América, para erigirse en mentores y lenguaraces («revolucionarios», desde luego) de los caciques reivindicados…? Cuando uno de aquellos se desprenda de lo «robado»,comenzaremos a creerles; no antes. Pero dejemos ya este «cholulismo» (invertido, mas «cholulismo» al fin). Nuestra preocupación mayor no nos la crearon los indigenistas. Su tesis, en tanto que utopía absoluta, nada puede crear ni mantener. Es árbol estéril, sin frutos. Vive del rencor, del odio a lo hispano y lo cristiano. Desparraman. Persiguen. Tuercen conciencias. Envilecen. Fomentan violencias y estrépitos. Mas es un tumulto fútil, espasmódico, que, como el oleaje contra la roca, sólo ha dejado bramido y espuma. El problema es otro.
La obra esplendente de España en América puede ser colocada en la pública picota desde muy diversos ángulos dialécticos. Uno lo acabamos de presenciar.
Con los actos oficiales del Quinto Centenario. Vergonzosos y vergonzantes. El trapicheo cartaginés de la feria sevillana. Una ocasión de turismo internacional e intercambio mercantil. Con el lema tramposo del «encuentro de las dos culturas». Salvo la República Dominicana, el resto de la Hispanidad marcó un record de indigencia intelectual y espiritual, por la voz ignara de sus gobernantes. Aconquinados en el «Nuevo Orden Mundial», de la «pax estadounidensis». Un espectáculo lastimoso y perfectamente olvidable.
Otro, de ciertas autoridades religiosas, empeñadas en desligar la Cruz de la Espada. Que han puesto al Descubrimiento y la Conquista entre paréntesis, para sacar de contexto histórico a las misiones evangelizadoras, sin una palabra de agradecimiento para quienes las hicieron posibles, al precio de su sangre. Ahogando en el agua del olvido la gloria de la gesta castellana.
Y quedamos los iberoamericanos del pueblo llano, perplejos, ante el despliegue insolente de los indigenistas, y el silencio oprobioso, de quienes debieron responder y callaron.
Una tal situación fue la que nos movió a ocuparnos de estos temas, un tanto ajenos a nuestras investigaciones ordinarias.
Lo primero que percibimos, es que no debíamos continuar a la defensiva. Que debíamos salir de las justificaciones menudas, pleiteando con los indigenistas, acerca del número exacto de indios muertos (por las pestes, más que por los encomenderos), aceptando la lucha en el terreno propuesto por el enemigo. Que no era cuestión de seguir hurgando en las sobras frías de la cocina del Imperio Español. Ese, en todo caso, es el lugar de los criados, o de los nuevos libertos, los agitadores de la «Liberación». Los hombres libres debíamos buscar la puerta grande para entrar en la casa señorial de la historia americana. Recuperar el indoblegable orgullo de ser hijos de esta tierra que nos ha visto nacer y en la que esperamos morir.
Por esa razón, tornamos la vista hacia el cenit de nuestros pueblos. Hacia la Edad de la Grandeza, cuando en nuestros dominios no se ponía el sol. Cuando, como dice Eduardo Carranza, amanecía «Dios sobre los Andes- y sobre las banderas de Castilla»; cuando: «Reinaba nuestro César Carlos Quinto». Nos situamos mentalmente en esa cúspide, del tiempo de «Carlos de Europa, Emperador de Occidente» que dijera Wyndham Lewis, para mensurar desde allí todas estas cuestiones.
Si se adopta ese alto mirador, muchos tópicos cobran nuevo sentido. Así, vgr., el de la Justicia, problema desvelante de la conciencia cristiana. Concerniente a la cual enseguida advertimos que es relativamente posible en este mundo en un marco político adecuado. Vemos que en la balcanizada y subyugada «Hispanoamérica del dolor» que nombrara Jaime Eyzaguirre, en el «patio trasero» de U.S.A. , reina la injusticia y la corrupción. Que devienen de la pérdida de identidad. Porque al anonadarnos nos enajenamos y nos degradamos. Luego, si aspiramos a ser, o a volver a ser, el Continente de la Vida y de la Esperanza, si queremos resucitar la alta virtud «que a la hispana progenie hizo dueña de siglos», tenemos que abominar de los «ojos que ven sólo zodíacos funestos». Y: ¿dónde posar la mirada…? ¡En la «América fragante de Cristóbal Colón»! No contamos con otro punto de apoyo, a fin de que la Justicia se encuadre en la Grandeza.
Entonces: no pidamos más perdón por ser hijos de América, nietos de España. Nuestra patria, ya lo dijo José Enrique Rodó, es la América Española. ¡Aceptemos nuestro linaje, para dignificar a nuestra progenie!
Ese fue y es nuestro «punto de vista», que mentan los historiadores. El de los americanos. Que es, cual lo señalara Eduardo Mallea, un hontanar generoso. No es racista. Americanos somos los indios, los negros, los mestizos, los mulatos, los zambos, los criollos, los europeos, los demás hombres de buena voluntad que hayan venido a poblar este suelo. Los problemas étnicos no son insuperables como en otras latitudes. «Los Andes son de plata, pero el león de oro, y las dos castas fundó en épico fragor», declaró sin rubor José Santos Chocano. Tan sólo reclamamos para los iberoamericanos criollos el galardón de haber fundado la Independencia; «lo único bien logrado que tenemos», cual subrayara Leopoldo Lugones en Ayacucho en 1927. De modo que en el acervo histórico hay una América criolla, como hubo una hispana y antes una indígena, hoy fusionadas por el mestizaje racial (que no implica el intelectual). Imbricación que debemos a la España conquistadora, ya que ella, cual lo destacara oportunamente don Ramiro de Maeztu, operó prácticamente el concepto de la igualdad y la fraternidad humanas, que implicaba el de la capacidad de conversión y salvación de todos los hombres de cualquier raza que fueren, y que se consagró en Trento. Motivo adicional para esclarecer nuestra identidad americana y cristiana. Por «cristianoamericanos»: «El nuevo mundo de la fe y de la esperanza: ¡Cristianoamérica!». Al punto que se llegó a sostener que éramos «el último refugio para la fe de Jesucristo».
Si eso es así, no caben ocultismos vergonzantes. Por el contrario, debemos confesar en alta voz nuestro credo, antes que el gallo de la Historia cante por tercera vez. No renegaremos de nuestra magnífica y bizarra herencia. ¡Basta de repliegues sistemáticos! Asumamos nuestro destino, aunque tengamos como contraparte al mundo agnóstico, y, aparentemente, todopoderoso. Este es un punto de partida moral, de temple; toda vez que «para los hombres de coraje se han hecho las empresas» (General José de San Martín).
Aclarado lo cual, nos compete inventariar la herencia.
Aquí también es notorio que nuestro patrimonio básico identificatorio es el que nos legó la España del siglo de Oro. Lo que de otro modo significa que nada debemos a la España moderna. Ramiro de Maeztu enseñó que la hispanidad no es una raza ni una geografía, y, menos, la peninsular. En todo caso, si así quiere serlo, la España de hoy no puede ser más que una de las tantas hijas de aquella Madre Patria del Espíritu: la Madre Castilla, la España Imperial. La de Fernando e Isabel, de Cisneros, Carlos y Felipe, que fecundó y amamantó a decenas de naciones. Entre ellas, esta «República de Naciones» que es América (Simón Bolívar).
Tal legado es el que celebramos cada 12 de octubre. En la República Argentina el punto quedó bien establecido en los considerados del Decreto que el 4 de octubre de 1917 firmó ese Hombre del Misterio que fuera Hipólito Yrigoyen, al decir:
«El descubrimiento de América es el acontecimiento de más trascendencia que haya realizado la humanidad a través de los tiempos… Se debió al genio hispano… empresa esta tan ardua y ciclópea que no tiene término de comparación en los anales de todos los pueblos. La España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático y magnífico, el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales; y con la aleación de todos esos factores obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos afirmar y mantener con jubiloso reconocimiento».
Así, acá, se cerró el tiempo de la ignominia descastadora, signado por la Leyenda Negra antihispana. Cuando preferíamos no ser nada, antes que ser lo que debíamos ser.
De aquella España Mayor, pues, provenimos. De la que protagonizó el Descubrimiento. Y, como «nada está encubierto que no deba ser descubierto» (Mt.10,26), el Señor de la Historia nos brindó al colonizador y portador de Cristo- «Cristo-ferens Colonus»-: el Quijote del Mar, Almirante de Castilla y Virrey de las Indias Occidentales, Don Cristóbal Colón. Con su acto de plantar la Cruz en las Lucayas nos destapó lo cubierto, y nació nuestro espíritu. Cual vuelve a decirnos Maeztu: allí se gestó nuestra alma occidental y cristiana, «que recibimos de Atenas, de Roma y de Jerusalén, las tres ciudades del Saber, del Poder y del Amor, que hemos de unir en una sola». O sea, que el nauta medieval nos trajo nada más y nada menos que la Cristiandad. «La América Española como la España entera – fija está en el Oriente de su fatal destino», cantaba Rubén Darío. Esto es: que para re-descubrir la identidad americana, debemos peregrinar desde Guanahaní a Palos de Moguer, de ahí a Roma, de ahí a Atenas, para arribar al fin a Jerusalén, y aprehender, de ese modo, el sentido cabal de la Cristiandad que nos selló con su fuego vivificador.
Dijimos que Castilla es una patria espiritual tanto para los hispanos como para los americanos. «De Castilla, que hizo a España», «Castilla, mística y guerrera,- Castilla la gentil, humilde y brava, Castilla del desdén y de la fuerza»,- «Castilla varonil, adusta tierra,- Castilla del desdén contra la suerte.- Castilla del dolor y de la guerra,- tierra inmor-tal, Castilla de la muerte» (Antonio Machado). Patria de la hidalguía y de la caballería. Patrimonio esencial e histórico de nuestras naciones.
Tal el núcleo al que nos aferramos al definirnos como hispanistas, o, mejor: hispanoamericanistas. Carácter permanente. Como ya lo previniera Pablo Antonio Cuadra: «Muchos confunden la Hispanidad con el amor a España… Si España dejara de existir, tragada por el mar, nosotros tendríamos que ser más hispanistas aún. No se trata de amar sentimentalmente a España, sino de continuarla». Para continuar a Castilla hay que retornar al espíritu de la Cristiandad que la alumbrara. No por prurito de originalidad, ni afán polémico: por apetencia de identidad.
Precisamente, en cuanto americanos lo decimos. Con el acuariano Juan Montalvo sostenemos: «¡España! lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos. El pensar grande, el sentir animoso, el obrar a lo justo, en nosotros son de España; gotas purpurinas son de España. Yo, que adoro a Jesucristo; yo, que hablo la lengua de Castilla; yo, que abrigo las afecciones de mis padres y sigo sus costumbres, ¿cómo había de aborrecerla?».
Castilla y Cristiandad son la clave de la identidad. Y del crecimiento posible, esto es de la Grandeza. Esa es una lección de la Historia. La que vemos cumplida en Carlos V. Ahí, la piedra de toque fue la «idea imperial», que explicara don Ramón Menéndez Pidal. Continuada la Cristiandad medieval en el cristiano Imperio moderno.
Se nos objetará que eso ya pasó, que es pura Historia.
Mas, la Historia, según leemos en «Don Quijote de la Mancha», es: «émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir». Lo que del pasado no ha pasado del todo. Conociendo lo que fuimos, aún podremos ser. «Sé el que eres», nos manda el libro del Eclesiástico. «Vuélvete lo que eres», lo apostilla Goethe.
Se habla, asimismo, del fracaso de aquella empresa.
No del éxito, sino del ánimo, es de lo que tratamos.
Mas, todavía, en aquel supuesto pretérito, recordemos con el Libertador Simón Bolívar que, «el arte de vencer se aprende en la derrota». Y, si nos consta dolorosamente que los pueblos latinos fuimos vencidos en Trafalgar en 1805, aun tenemos tiempo para mejorar y vencer.
Por lo pronto, aquí, en el período que abordamos, podemos contemplar los «corsi e ricorsi» de la Historia. El apogeo y el declinar de aquel Imperio cristiano-castellano.
Es cierto que Carlos no pudo consolidar su proyecto restaurador. Sus enemigos pudieron más. Cual lo pintó el Ticiano, Nuestro Augusto Emperador montaba un corcel bravío y vestía su armadura de caballero, de cara al mundo hostil. Los adversarios utilizaron armas más definidas, Cabalgaban sobre el potro de los tiempos renacentistas y reformistas, que tendían a la dispersión y a la disgregación. Las fuerzas centrífugas rompieron el círculo porque negaban su centro: el Papado Romano. Impugnaban la única unidad social necesaria: la asentada sobre la Fe. Invocaban la pluralidad política y religiosa, con vistas a instalar una alternativa a la Cristiandad: el Estado de Razón (gestado por la Razón de Estado maquiavélica). Procuraban el reemplazo de las costumbres cristianas (parte de las cuales codificaba el Derecho romanocanónico), por el «Ius Gentium» de los racional-naturalistas. Un derecho natural positivizado y desligado del derecho divino. Así, consiguieron bifurcar los senderos: la naturaleza por un lado, la gracia por el otro. Iglesia y Estado, como compartimientos estancos, impenetrables. Por sobre ellos, solo el «bien del Orbe» (del «planeta tierra», como dicen sus retoños ecologistas). Una norma entre los hombres y las naciones, sin referencia alguna con la Fe. Ese era el plan del internacionalismo secularista, que desalojó el universalismo católico. Un «cosmos» sin Roma ni Jerusalén. La laica Ciudad de los Hombres que sustituyen a la Ciudad de Dios. La tensión progresista en lugar de la tensión mesiánica. Reforma, Renacimiento, Racionalismo, Cesaropapismo…Entre todos erosionarán la concepción agustiniano-tomista de la Cristiandad. Y parirán la Modernidad. Era probable que ella adviniera. Pero no era ineluctable, cual el avance de una rueda dejada (según la imagen de hipotéticas «leyes de la Historia» progresista).
Así las cosas, Quijotes hispanos, como Colón, Isabel, Fernando, Cisneros, Carlos y Felipe, cargaron contra esos molinos de viento. Esa es la aventura de la Hispanidad. Que fracasó en Europa, y que prosperó en América.
De ese proceso, lo que nos interesa es su faz americana. Porque, como lo ha indicado Alvaro Gómez Hurtado, el renacimiento europeo -que ya en España se había aclimatado como una «Edad Media Continuada», en el decir de Menéndez Pidal – se trasladó a las Indias Occidentales como Edad Media, esto es: como Cristiandad. La Nueva Cristiandad de las Indias, zafó del brete cronológico. Merced a lo cual, durante siglos quedamos inmunes al virus modernista.
Fue la época en que se estructuró, justamente, nuestra alma americana. Nosotros retuvimos el «traditum» judeo-cristiano, transmitiéndolo en castellano. Acervo espiritual que intuye Gabriela Mistral: «Y he dicho al descastado que destiñe lo nuestro que en español es más profundo el Padre Nuestro». Es el mismo «anacronismo» que perciben en nosotros, todavía, los extraños. Los que ridiculizan «el ser de la Mancha, el ser generoso y el ser español».
Esa es la «peculiaridad americana»; la fuente del apasionamiento poco racionalista que nos endilgan los modernistas. «Nuestra historia es pasión. Ocupamos la geografía como una cruz. Cruz y cruce de rutas. Cruz y cruce de sangres. Rutas y sangres que se han unido únicamente por la Cruz… Somos Hispanoamérica. Cristianoamérica» (Pablo Antonio Cuadra). ¡Claro que es nuestro drama y nuestro destino! Como que no nos puede ser indiferente que a esa tierra de las Bahamas donde arribó Colón se la denomine Guanahaní, Witling o San Salvador. Motivo válido de la temperatura que por acá alcanzó el debate del Quinto Centenario.
Por manera tal que la gran controversia hispanistas se radica en América. A los españoles de hoy, la cosa parece importarles poco. Desde nuestra lógica independencia, América queda distante, las disputas históricas también. Para nosotros, no. No es esto, maguer los siglos transcurridos, un objeto disecado de estudio frío. Es nuestra tierra; es nuestra madre. Los indigenistas, si fueran consecuentes por una vez, tendría que volver a emigrar. Nosotros no podemos. Nosotros, caiga quien caiga, tenemos que quedarnos. Junto a la verdad, claro está. Entonces, tenemos que romper lanzas por la verdad; ponernos en comunión con ella, para que la verdad se adueñe de nosotros, y nos haga libres. Empresa que demanda mucho tesón. Aunque no es desesperada, ya que estamos frente al fin de la Modernidad, cuando todos sus mitos yacen estrellados. Mas, si así no fuera, tampoco deben acobardarnos los desaires con que nos trate la suerte. Es cierto que la coraza aquella que pintó el Ticiano se fragmentó. Mas, nosotros debemos empeñarnos en rescatar de Nuestro Señor Don Quijote su «áureo yelmo de ilusión; que nadie ha podido vencer todavía». Esa fue, y es, la empresa de Cristianoamérica. Continuar con «la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, todo corazón».
Lo que vale, en tanto hispanos, vale más en cuanto cristianos. «Nada, ni nadie nos podrá separar de la Iglesia de Cristo. Ni la tribulación ni el filo de la espada, ni la persecución» (Azarías H. Pallais). En tal sentido, los clérigos progresistas podrán asociarse a las sectas indigenistas orquestadas desde sus usinas europeas y norteamericanas. No nos conmoverán. Nosotros nos apegamos a la Sede Apostólica. La cual, el 16 de julio de 1892, describió la gesta colombina como «el hecho más grande y hermoso que edad alguna vio jamás llevado a cabo por los hombres. Centenares de millares de mortales surgieron del olvido y de las tinieblas en que yacían y fueron restituidos a la común sociedad del género humano, convertidos de la barbarie a la suavidad de costumbres y a la vida civilizada, transportados del camino de perdición al de la vida eterna, con la comunicación de los bienes que nos mereció Jesucristo» (Carta «Quarta abeunte saeculo», S.S. León XIII). Y en el discurso de S.S. Juan Pablo II a los Obispos del CELAM, en Santo Domingo, el 12 de octubre de 1984, se fijaron los objetivos con que los cristianos debían celebrar el Quinto Centenario. Uno, era el de la mirada histórica, no por mero interés académico, «sino para lograr una firme identidad propia». Porque nuestra América presenta «un común sustrato de matriz católica». También, porque «una lúcida visión de los orígenes», nos permitirá restablecer «el carácter providencial del descubrimiento y evangelización de américa»; y memorar «el alumbramiento de la cristiandad del Nuevo Mundo». Como, además, descartando «una cierta ‘leyenda negra’, que marcó durante un tiempo no pocos estudios historiográficos». Porque la Iglesia «no quiere desconocer la interdependencia que hubo entre la cruz y la espada en la fase de la primera penetración misionera. Pero tampoco quiere desconocer el don que estaba en los orígenes y gestación de Europa – la fe cristiana. Luego, el Papa pidió «tanto el reconocimiento agradecido a quienes implantaron y transmitieron la fe en este continente, como el compromiso de mantener y aumentar esta insigne herencia». Glorificando «al Señor de la Verdad con la plegaria que recitaba al alba los navegantes de Colón:
«Bendita se la luz
y la Santa Veracruz
y el Señor de la verdad
y la Santa Trinidad
Bendita sea el alba
y el Señor que nos la manda
Bendito sea el día
y el Señor que nos lo envía. Amén».
En suma, el Pontífice encomienda a nuestra América: «desde tu fidelidad a Cristo, ¡resiste a quienes quieren ahogar tu vocación de esperanza!- la tentación de quienes quieren olvidar tu innegable vocación cristiana y los valores que la plasman, para buscar modelos sociales que prescinden de ella o la contradicen».
En otras ocasiones, S.S. Juan Pablo II ha expresado que el Quinto Centenario debía celebrarse «con alegría y con orgullo», y ha dado gracias a España, porque por su «fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo la porción más numerosa de la Iglesia habla hoy y reza a Dios en español» (Discurso en España). Por eso, si el Sucesor de Pedro dice que «es justo que haya fiesta y alegría (Lc. 15,32)», no nos vamos a amargar y entristecer con los aquelarres de los pobres indigenistas.
Bien, hasta acá lo que podría constituir una especia de profesión de fe, de confesión pública, de los principios que nos han guiado para la elaboración de la presente obra. Principios conocidos, ya que una generación de maestros hispanos y no hispanos, y americanos los han expuesto con profundidad y galanura. En la Argentina misma, desde los libros de Carbia, Sierra, Furlong, Ibarguren y otros, el tema hispanista ha sido divulgado. Recientemente, dos buenos maestros, camaradas y amigos lo han ahondado excelentemente. Nos referimos a Antonio Caponetto («Hispanidad y Leyendas Negras. La Teología de la Liberación y la Historia de América»), y a Alberto Caturelli («El Nuevo Mundo. El Descubrimiento, la Conquista y la Evangelización de América y la Cultura Occidental»). Y, aunque la reiteración de la verdad no daña, nos hubiéramos puesto en esa tarea, de no mediar una inquietud propia, que entendíamos no resuelta a satisfacción, y que pasamos a explicar.
Ella apunta a los llamados «justos títulos» del dominio hispano en América.
Leyendo el texto fiel de la Bula «Inter Caetera divinis majestatis», del 3 de mayo de 1493, entendíamos que el Papa Alejandro VI donó las «islas y tierras firmes al occidente del Mar Océano» (esto es: las Indias Occidentales o América) a los Reyes de Castilla y de León, y a sus sucesores (entre otros: a los Estados Americanos cesionarios de los derechos de la Corona española, por el principio de Sucesión de Estados). Examinando la doctrina y la conducta de las partes (el Papado, los Reyes de España y Portugal, Colón, los consejeros reales, etc.), comprobábamos que aquel acto contenía una verdadera donación pública constitutiva de dominio eminente (soberanía) y jurisdicción, a perpetuidad; contrato perfeccionado y acatado durante un siglo. Luego, parecía ser un «justo título», de carácter suprahistórico, fundado en el derecho divino y congruente con los otros órdenes jurídicos de la época. Los otros «títulos» que la Corona añadió en siglos posteriores: derecho de descubrimiento, toma de posesión, ocupación, usurpación y fe de los tratados, aparecían nada más que supletorios, destinados a replicar las demandas de los modernos usurpadores.
Mas resulta que, leíamos a continuación, aquel título no valía porque había sido impugnado por la Escuela Salmantina, también llamada de la Escolástica tardía o de los Juristas Clásicos del siglos XVI. Que negaba al Vicario de Cristo – y a Cristo mismo – su calidad de plenitud de poder en la tierra. Doctrina aparentemente triunfante en España, en América y en el mundo, hasta el día de hoy. Que reemplazaba el dominio papal e imperial por una serie de otros «justos títulos», consistentes en derechos subjetivos internacionales, base del «Ius Gentium».
Ahí nació nuestro desasosiego. Porque es evidente -y así lo entienden los máximos corifeos de esa Escuela- que los llamados «justos títulos» enunciados por Fray Francisco de Vitoria, no otorgaban soberanía a Castilla. Suponían una especie de «derecho de intervención» (como el que esgrimen los «marines» en la actualidad, con fines «humanitarios» o «democráticos»), o un protectorado precario, para intentar la evangelización, sin abierto amparo de las armas.
En tal condición, no sólo se tornaba dudosa la permanencia de los «hijos de la tierra», los criollos, sino que además el título de ingreso a la Cristiandad era putativo o bastardo. Nos dejaba la opción futura para incorporarnos como ciudadanos de segunda clase a un híbrido panamericanismo, en el que el «bien del orbe» sustituiría el bien común cristiano e hispanoamericano. Por eso, el inefable Enrique de Gandía llegó a sostener que: «Vitoria echó las bases, inconmovibles, de la filosofía política que ha dirigido la historia liberal de América… Todo lo que va en contra de las concepciones del alavés (sic) va en contra de la historia de América… y del panamericanismo». Un panamericanismo cuyo modelo máximo sería un Puerto Rico cocacolonizado.
No. Eso no nos gustaba. Tampoco nos entusiasmaban los elogios que sobre la Escuela Salmantina vertieron Hugo Grocio y los calvinistas holandeses, enemigos naturales de cuanto oliera a hispanocatólico. Ni el hecho de que la Iglesia llegara a colocar en el «Index»de los libros prohibidos a las obras de victoria y de algunos de sus discípulos hasta Francisco Suárez. Ni las quimeras internacionalistas, cuya realidad hemos palpado en este siglo. Ni deseábamos ser menos papistas que el Papa para gozar del beneplácito de los agnósticos.
Pero, a su vez, nos hallámos ante una disyuntiva tremenda.
La Escuela Salmantina gozaba de un prestigio inmenso. La beatería hispanista la había recubierto de los mayores oropeles o laros seculares que imaginarse pueda. Sus argumentos estaban canonizados universitariamente. Defender los derechos históricos del Papa y del Emperador resultaba de pésimo gusto. Nos transformaría, automática-mente, en reaccionarios, esclavistas, obscurantistas y fascistas…
Entonces leímos la incomparable biografía del Padre Las Casas, escrita por Don Ramón Menéndez Pidal. En su prólogo, el antiguo presidente de la Real Academia decía que emprendía la revisión histórica: «por impulso íntimo irrefrenable. Lo emprendo como quien cumple un ingrato deber. Ingrato, porque bien sé que he de tropezar con fuerte oposición. El escribir glorificando a Las Casas es cosa llana, reglamentaria; es ir a favor de la corriente; mientras que suprimir el incienso es atraerse la excomunión imperdonable de los muchos que mantienen el culto litúrgico lascasiano, o es, por lo menos, contraria a otros muchos, vinculados al enaltecimiento excelso por intereses creados, de antigüedad trisecular. Pero la urgencia crítica es inacallable».
Sugestivo pasaje.
Más grave, aún.
Averiguadas las cosas, resultaba que en realidad, el anormal Obispo de Chiapas, se había limitado a negar la autenticidad de los hechos de la Conquista-por odio a los encomenderos, más que por amor a los indios-; pero sin afectar completamente el derecho del Descubrimiento (aun cuando era el autor material de la falsificación del texto de la Bula de Donación, para reducirla a una simple instrucción misional). Cual lo advirtiera ya Levillier, la mala faena de ilegitimizar el Descubrimiento le cabía toda entera a Fray Francisco de Vitoria y su escuela, con sus teorías antipapales y antiimperiales.
Esto es: que si al célebre Menéndez Pidal no se le había perdonado su «pecado» antilascasiano: cuál sería la suerte de quien se animara a ir contra el culto vitoriano, y su pesado argumento de autoridad…? Cuando menos, idéntica censura que la que hipotecaba la nombradía de los tratadistas íberos que, desde don Juan López de Palacios Rubio hasta don Juan de Solórzano Pereira, habían osado defender la Donación Pontificia. Mas, si el atrevido era un ignoto y humilde escritor americano, entonces la excomunión académica iba a ser por partida triple.
Adoptamos nuestra decisión.
Preferimos ser más amigos de la verdad que de Platón.
Aunque nos hundan en el precipicio del silencio o nos agravien con la montaña de la injuria.
Peregrinaríamos hasta la fuente de la ruptura, del «pecado original de América». Hasta dar con los motivos de las teorías que nos cortaban de la Madre Patria Castilla, en la infancia, y de la Madre Iglesia, en la adultez. Que nos habían dejado peor que huérfanos expósitos: como bastardos vergonzantes, hazmerreir de indigenistas, «hombres a la defensiva». Aceptaríamos todas las consecuencias de proclamar-glosando a Levillier- que América era «la bien donada». Que aquel título que nos concedió el vicario de Cristo nos legitima ante el Señor de la Historia.Y, por ende, como aquí estábamos con nuestros ancestros enterrados por los siglos, de aquí nos moveríamos, «aunque vengan degollando».
Total, nos dijimos: qué podíamos perder…? Si nunca hemos gozado de ninguna de esas prebendas becarias con que se adornan ciertos hispanistas. Si nuestro amor a España no ha sido contaminado por ninguna consideración presente o futura. Es decir: que éramos libres,con toda la libertad de los hijos de Dios. Y lo suficientemente pobres, antiburgueses y distantes del Poder, como para darnos todos los lujos intelectuales.
Peticionamos, eso sí, el don magnífico de la humildad. Por eso, nos acordamos de dos santos. Fue Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, doctor en Leyes por Salamanca, laico Arzobispo de Lima, quien acuñó a fines de siglo XVI la expresión «La Nueva Cristiandad de las Indias». La Cristiandad, en 1540, había plasmado una «Summa Aurea», obra del doctísimo dominico San Antonino, Arzobispo de Florencia. Gracias a sus dichos y a sus hechos, el orbe americano con el Descubrimiento ingresó en las Españas de la Cristiandad. De ahí que, al emprender nosotros este desafío, conscientes de la gran desproporción que media entre la magnitud del objeto histórico propuesto y nuestra modestísima condición, nos encomendamos a la Divina Providencia, poniendo como intercesores a aquellos dos hombres de Dios. Que quede, pues, este libro bajo su advocación.
Y, como a nadie se le oculta el riesgo ínsito en esta indagación, dada la cantidad de los adversarios que nos echamos encima, gratuitamente, para cerrar este introito, también rogamos a nuestro Descubridor con el Poeta de América:
«¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
……………………………………
…hoy al favor siniestro de negros Reyes
fraternizan los Judas con los Caínes.
…………………………………
La cruz que nos llevaste padece mengua;
y tras encanalladas revoluciones,
la canalla escritora mancha la lengua
que escribieron Cervantes Calderones.
……………………………….
Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!

Fin de la Advertencia.

N.B.: Como no podemos mencionar a todos y cada una de los buenos amigos que nos han ayudado en este trabajo, expresamos nuestro agradecimiento general en la persona del profesor Omar Alonso Camacho, sin cuya colaboración no hubiéramos podido compulsar tan extensa bibliografía. Que así conste.

* El doctor Enrique Díaz Araujo, se desempeña como profesor en la Universidad de Chile y en la Universidad Nacional de Cuyo. Dictó cursos en Méjico, Perú y Ecuador. Actualmente continúa con la investigación histórica. Publicó numerosos libros sobre temas históricos. Vive en Mendoza, Argentina.

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