Carlos Buela, “Integrismo Conservador: ¿una opción válida?”, Diálogo 6 (1992).

INTEGRISMO CONSERVADOR: ¿UNA OPCION VALIDA?

Por el R.P. CARLOS M. BUELA[1]

INTRODUCCION

Nos referiremos a este tema no con afán de polemizar, ni de erigirnos en jueces de nadie, ni mucho menos de herir o lastimar a alguno, sino, simplemente, con el afán de expresar nuestras convicciones.

Durante muchos años hemos callado nuestras razones y sin defendernos dejamos que hablasen de nosotros los que querían hablar. Ahora ha llegado el momento de hablar -no para defendernos ni para impedir que hablen de nosotros los que quieran- sino para poder dar nuestras razones por escrito a los que lo piden. 

Tampoco pretendemos hacer un examen exhaustivo de las posiciones que no compartimos, menos aún hacer notar todas las diferenciaciones que existen en la amplia gama de lo que se suele llamar «los integristas», «conservadores», etc.; gama que incluye a los lefebvristas, los meta-lefebvristas, los deponentistas, los sede-vacantistas, etc. Por ello no pretenden nuestras afirmaciones indigitar a todos ellos en la misma forma y en el mismo sentido.

De ahí que pensamos que será de utilidad para nuestro propósito:

  1. Mostrar las razones por las cuales consideramos pertinente ocuparnos del tema;
  2. considerar lo que entendemos son los problemas puntuales; y,

III. hacer notar lo que son los problemas subyacentes.

Con esto sólo pretendemos hacer un servicio a aquellos que, insistentemente, nos lo han solicitado.

ALGUNOS JUICIOS

Muchas veces nos llamaron «lefebvristas». Por supuesto no es nuestra intención refutar punto por punto todos los infundios. Citaremos algunos casos:

– En la revista Criterio Mons. Carmelo J. Giaquinta, entonces Obispo auxiliar de Viedma, decía: «Consecuentemente el Concilio trajo rémoras y prisas desmedidas. Para rémoras basta el ejemplo de Mons. Lefebvre, que demasiado eco ha encontrado en la Argentina, y actitudes afines, como demuestran recientes acontecimientos que afectaron al Seminario de Paraná y el éxodo de seminaristas hacia San Rafael…»[2].

– En otro número de Criterio se dice de los lefebvristas en Argentina que «…actúan completamente al margen de la Iglesia, que los ignora. Ni siquiera se sabe que tengan contacto directo con otros grupos tradicionalistas, tales como los sacerdotes del Verbo Encarnado («congregación» formada por los seminaristas -hoy ordenados- que en su momento fueran expulsados del Seminario de Paraná y acogidos en el de San Rafael, al que siguen enviando candidatos de todo el país en número importante)»[3].

– El periódico The Southern Cross decía, a propósito de unas declaraciones del entonces Obispo de San Rafael, Mons. León Kruk, que esa diócesis «…se destaca por su conservadurismo y su clima de resistencia a las reformas del Vaticano II…» y que dichas declaraciones «son la negación del espíritu de diálogo a la cual nos invita la Iglesia, y un desconocimiento de todo lo que el Vaticano II ha dicho sobre la misión de la Iglesia en el Mundo»[4].

– En la revista CIAS de agosto de 1988, el director de la misma dice, con respecto a la Iglesia en la Argentina, que «hay muchos signos que nos hacen temblar como representando una actitud más parecida a la de Lefebvre que a la de SS. Juan Pablo II. En primer lugar el hecho de que la Fraternidad (San Pío X) nacida de ese espíritu contradictorio al Concilio tenga su seminario aquí y con fuertes influencias, primero en el Seminario de Paraná y ahora en el de San Rafael…»[5].

– Incluso en publicaciones extranjeras se nos ha llamado «lefebvristas». Por ejemplo Marcello Zago escribe en L’Osservatore Romano (ed. italiana), a propósito de la situación en nuestro país que «no sólo son activos los lefebvristas formales, sino que también hay seminarios del mismo tipo, como el de San Rafael»[6].

– En la revista española Ecclesia el periodista Emeterio Gallego repetidas veces se ha interesado por nosotros. Así, por ejemplo, dice que el Seminario de Paraná era «famoso por su tradicionalismo y antivaticanismo… (allí) no querían oír hablar del Vaticano II… (Posteriormente) se marcharon de la diócesis. Encontraron un obispo benévolo receptor en la de San Rafael, provincia de Mendoza… Ahora, con el cisma lefebvriano, San Rafael ha proclamado su adhesión a Roma y no su lefebvrianismo, pero el Vaticano II sigue plenamente desconocido en él»[7].

– En otra oportunidad afirmó que «en la diócesis de San Rafael… son más lefebvrianos que la gente de Lefebvre»[8].

– Más recientemente, luego de repetir lo mismo que ya citamos sobre el traslado de los seminaristas, supuestamente lefebvristas, desde Paraná a San Rafael, afirma que por esto «el seminario de San Rafael se convirtió en un foco de atracción para todo el ambiente nazi y tradicionalista argentino[9] … Para evitar la intervención romana desapareció el Seminario Diocesano y se fundó una especie de Instituto Secular de derecho diocesano…»[10].

Si estas son algunas muestras de lo escrito, ¿qué será lo hablado de lo que, también, nos sobran testimonios?

Pero para nuestro descargo tenemos que afirmar que no somos lefebvristas ni lo hemos sido nunca. Más aún, ni siquiera hemos tenido tentaciones de lefebvrismo. Es más, desde hace muchos años, incluso antes de la consagración de los obispos por parte de Mons. Lefebvre, hemos venido denunciando el peligro que tal postura implicaba. Siempre fue para nosotros un callejón sin salida. Basten, para mostrar esto, algunas pruebas:

– El 7 de junio de 1981 escribíamos en el Prólogo de La quimera del Progresismo que «…muchos -y no únicamente malintencionados- por el hecho de que denunciamos con mucha fuerza los errores progresistas, inmediatamente nos han de colocar en la vereda de enfrente tildándonos de integristas… Estamos firmemente convencidos que en la Iglesia Católica se puede, y se debe, ser antiprogresista, sin que por ello uno sea, necesariamente, integrista…». A continuación citábamos un discurso de S.S. Juan Pablo II a los Obispos de Francia en el cual el Papa habla de estas dos tendencias, conocidas como «progresismo» e «integrismo». Luego de referirse al progresismo, dice: «Otros -haciendo notar determinados abusos que nosotros somos los primeros, evidentemente, en reprobar y corregir- endurecen su postura deteniéndose en un período determinado de la Iglesia, en un determinado plano de formulación teológica o de expresión litúrgica que consideran como absoluto, sin penetrar suficientemente en su profundo sentido, sin considerar la totalidad de la historia y su desarrollo legítimo, asustándose de las cuestiones nuevas, sin admitir en definitiva que el Espíritu de Dios sigue actuando hoy en la Iglesia, con sus pastores unidos al Sucesor de Pedro»[11]. Inmediatamente hacíamos la salvedad de que el Papa no está descartando por igual ambas posturas. En efecto, unos -los integristas- se aferran excesivamente a «expresiones litúrgicas» o a «formulaciones teológicas» de una época; mientras que los progresistas, con su postura, «afectan al contenido esencial de la fe», lo cual es mucho más grave[12].

– El 3 de setiembre de 1983, al escribir el Prólogo de El progresismo cristiano, del P. Julio Meinvielle, decíamos: «Ensayan deshacer a Cristo buscando disminuírlo en su dignidad los que no aceptan -de hecho o de derecho- la verdadera y única cabeza visible de la Iglesia, el Papa, porque diluyen, patentemente, la unidad del Cuerpo Místico: no puede ser un solo Cuerpo si no tuviese una sola cabeza; ni una sola comunidad si no tuviese un solo jefe, como lo enseñó su Fundador: un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16). Recuérdese, por ejemplo, las desviaciones de Hans Küng y de tantos otros, y, siguiendo un camino aparentemente opuesto, las experiencias de Econe, y en la exacerbación, las del Palmar de Troya, etc»[13].

– Desde nuestros comienzos en San Rafael hemos mantenido siempre la misma postura. Baste citar la disertación del Prof. Carmelo Palumbo, invitado por nosotros, titulada El lefebvrismo: la otra cara del progresismo, dada en el Seminario de San Rafael «Santa María Madre de Dios» el 8 de setiembre de 1984, cuya presentación hiciéramos, como consta en los diarios de la época y en otros medios, refiriéndonos al tema que luego se publicaría en forma de artículo sobre la hipóstasis, pretendidamente, humano-divina de Jesucristo[14].

– En enero de 1985 fue publicado en el Boletín El Caballero de Nuestra Señora, de la Parroquia Nuestra Señora de la Visitación, de Buenos Aires, un artículo del R. P. Miguel Angel Fuentes, sacerdote de nuestro Instituto (en formación), actualmente Doctor en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense y en esa época ayudante de la Cátedra de Moral del Seminario Diocesano de San Rafael, en el cual se refutaba el trabajo Ecumenismo contra la fe Católica, del Ing. Roberto Gorostiaga, publicado en Roma, año XVIII, nro 85, Bs. As., agosto de 1984, en el cual el autor atacaba el nuevo Código de Derecho Canónico, el Decreto Unitatis Redintegratio del Concilio Vaticano II sobre el ecumenismo, y algunas instrucciones y documentos postconciliares en torno a ese tema.

– En la revista Gladius, nro 18, del 15 de agosto de 1990, refutábamos la teoría de la «hipóstasis divino-humana de Jesucristo», usada por algunos sede vacantistas en el Boletín Fidelidad a la Santa Iglesia, nro 9[15]. Allí decíamos también que «la mala inteligencia del augusto misterio del Verbo Encarnado conduce lógicamente a una mala inteligencia del misterio de la Iglesia, ya que ésta no es más que el Verbo Encarnado extendido y comunicado[16]. No es de extrañar que el nestorianismo cristológico lleve a un nestorianismo eclesiológico. Al negar -como hacen estos sede vacantistas- que haya una sola cabeza en la Iglesia, destruyen la unidad del Cuerpo Místico -así como destruyen la unidad del Verbo Encarnado- ya que no puede haber un solo cuerpo si no hubiera una sola cabeza, ni una sola Iglesia si no hubiera un solo Jefe, según nos enseña el mismo Verbo Encarnado: Habrá un solo rebaño y un solo Pastor (Jn 10,16)[17].

Pero, y también en nuestro descargo, queremos dar algunas muestras de lo que los mismos lefebvristas piensan de nosotros:

– En el Boletín La Tradición, y a propósito de un artículo nuestro sobre el P. Julio Meinvielle publicado en Verbo nro 196, de setiembre de 1979, en el que elogiábamos la obediencia del P. Julio al Magisterio, pues sabía que «atentar contra la Jerarquía de la Iglesia… es como serruchar la rama donde uno está sentado», el P. Hervé Le Lay nos decía: «En cuanto al Padre Buela, todavía lleno de vida, que abandone su infidelidad y vuelva a la Misa indiscutiblemente válida, piadosa, respetuosa; nos apoye en nuestro buen combate por la fe»[18].

– En un folleto lefebvrista que circuló en Buenos Aires durante 1985 se dice: «Luego de esta pequeña confrontación sólo podemos agregar que el susodicho Padre Buela sigue escrupulosamente las reformas (o la REFORMA) del Concilio Pastoral Vaticano II y el Novus Ordo Missae, haciendo galas, además, de la más estricta obediencia al Papa». Luego se nos hace una exhortación: «Padre: Sea más delicado en sus aseveraciones con el progresismo, no sea cosa que enmarque en ellas al Sumo Pontífice y al Concilio que Usted se jacta de OBEDECER! (p. 8).

PROBLEMAS PUNTUALES

A nuestro parecer cuatro son los problemas fundamentales que esgrimen los sectores conservadores contra la Iglesia de Cristo fundada sobre Pedro, a saber:

  1. La reforma del Misal Romano por mandato del Concilio Vaticano II y promulgada por S.S. el Papa Pablo VI;
  2. la colegialidad;
  3. el ecumenismo;
  4. la libertad religiosa.
  1. La «nueva» Misa

Ante todo, lo «nuevo», o lo reformado, es el rito, no la sustancia de la Misa que reitera el sacrificio de la Cena y perpetúa[19] el sacrificio de la Cruz, a menos que ya no se crea que el Sacerdote de la Cruz y de la Misa es el mismo Cristo, que la Víctima de la Cruz y de la Misa es el mismo Cristo, y que el Acto Oblativo de la Cruz y de la Misa es el mismo acto de Cristo. Por tanto, sustancialmente son lo mismo el sacrificio de la Cruz y el de la Misa.

Cristo celebró su Misa en arameo como lo siguen haciendo los maronitas, algunos Apóstoles en griego[20] como lo siguen haciendo los greco-melkitas, otros en copto, en armenio, en siríaco, en latín, etc. ¿Qué problema sustancial hay que el rito se haga en español, francés, inglés, alemán, italiano u otro idioma? Es evidente que la lengua no puede alterar la esencia del sacrificio de la Misa. Por eso decía Santo Tomás: «Siempre que en las palabras de cualquier idioma se exprese este sentido (de las palabras admitidas por la fe) se realiza el sacramento»[21].

También es evidente que no pueden alterar la esencia del sacrificio de la Misa las oraciones anteriores y posteriores de la consagración que no nos constan por los evangelios ni por los Apóstoles -así, por ejemplo, enim «no pertenece a la forma, como tampoco las que se dicen antes de la forma»[22]-, de modo semejante a como no afectan para la validez y licitud de las demás liturgias, a saber: I) alejandrina (etiópica y copta), II) antioquena o siro occidental (malankar, maronita, sirio libanesa), III) bizantina o constantinopolitana (greco-melquita, ucraniana, etc.), IV) caldea o sirio-oriental (malabar, caldea, etc.), V) armenia, VI) mozárabe, VII) ambrosiana, etc.

Para la transustanciación no afecta el número de genuflexiones, ni de manteles, ni de cruces, ni de velas, ni la tipografía de los misales, ni la ablución de los dedos sobre el Cáliz, ni la purificación del mismo, ni la palia, ni el dorado de los vasos, etc.

Es sabido que el sacramento sacrificial Eucarístico difiere de los demás sacramentos en que estos se hacen usando materia consagrada; por el contrario, la Eucaristía se hace consagrando la materia, el pan y el vino que se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, juntamente con su Alma y su Divinidad. Además, en los otros sacramentos la consagración es una bendición; en la Eucaristía «la consagración de la materia es una milagrosa conversión de la sustancia que sólo Dios puede realizar. De ahí que el ministro al realizar este sacramento no tenga más acción que proferir las palabras»[23]. Ahora bien, como las formas deben ajustarse a la realidad, mientras en los demás sacramentos las formas se refieren al uso de la materia y se profieren en la persona del ministro (ex persona ministri), en la Eucaristía la forma significa la consagración de la materia, que consiste en la transustanciación y se profiere en la Persona de Cristo que habla (ex persona ipsius Christi loquendi), para dar a entender «que el ministro no hace en su confección otra cosa más que decir las palabras de Cristo»[24]. Por eso las palabras esenciales de la forma de la Consagración Eucarística son: «Esto es mi cuerpo», «este es el cáliz de mi sangre» (o «esta es mi sangre»)[25].

En la respuesta a la cuarta dificultad del citado artículo, Santo Tomás dice textualmente: «Afirmaron algunos que el sacramento no se puede consagrar con las palabras dichas, calladas las demás, principalmente las del canon de la misa. Pero esto es evidentemente falso, ya por las palabras de San Ambrosio (De Sacramentis, L. 4, c. 4: ML 16,459) aducidas en el Sed contra: ‘La consagración se hace con las palabras y frases del Señor Jesús. Las restantes palabras que se profieren alaban a Dios, ruegan por el pueblo, por los reyes, por todos. Cuando el sacerdote se pone a consagrar el venerable sacramento, ya no usa sus palabras, sino las de Cristo. La palabra de Cristo, en consecuencia, hace el sacramento’, ya porque el canon de la Misa no es el mismo en todas partes ni lo fue en todo tiempo, sino que fueron añadidas las distintas cosas por distintos individuos. Por lo cual hay que decir que si el sacerdote dijera solo las palabras referidas con intención de hacer este  sacramento, consagraría, porque la intención haría que se entendieran como dichas en la persona de Cristo, aunque no recitase las que preceden. Sin embargo pecaría gravemente confeccionando así este sacramento, por no observar el rito de la Iglesia»[26]. Se exceptúa aquí los casos de necesidad, como el de tantos confesores de la fe cuando estaban presos.

Las palabras que siguen a la esencia de la forma (de la Alianza nueva y eterna que…) son de la sustancia de la forma, como los brazos y los pies son de la sustancia, aunque no de la esencia, del cuerpo humano. Como afirmaba Contenson, «Cristo no las añadió como esenciales a la forma, sino para cerciorar por ellas a los discípulos y a los fieles de qué cuerpo y de qué sangre hablaba»[27]. Si alguien afirma que también son palabras esenciales no consagrarían los sacerdotes orientales, ya que en sus liturgias faltan muchas palabras de las usadas por los latinos en la consagración del vino. Y aunque en esas palabras esenciales -»esto es mi cuerpo», «esta es mi sangre»- «no se exprese sensiblemente la razón del sacrificio o de la efusión de la sangre de Cristo», sin embargo, se significa suficientemente, «al consagrar el vino separadamente del pan; rito que presenta la sangre de Cristo como separada místicamente del cuerpo y, por consiguiente, derramada»[28]. Decía el Angélico: «La Pasión se manifiesta en la sangre consagrada por separado del cuerpo, ya que en ella se separaron las dos cosas»[29].

Por tanto es totalmente disparatada la afirmación de algunos que niegan que haya sacrificio en la Misa por el hecho de traducir «pro multis» (por muchos) como «por todos», puesto que:

1ro. Ciertamente «por muchos» o «por todos» no pertenece a la esencia de la forma.

2do. Muchas veces en la Sagrada Escritura se pone «muchos» por «todos». Es el caso del polloi griego y del rab hebreo:

  1. Así, en el tema de la resurrección se pregunta Santo Tomás de Aquino si será para todos y en general. Se pone como dificultad (la 2da) que en Dn 12,2 se dice: Muchos de los que duermen en el polvo despertarán[30], lo cual implica cierta particularización, que daría pie a pensar que no todos resucitarán. Pero a esa dificultad responde haciendo suya la enseñanza de San Agustín que expone la palabra «muchos» en el sentido de «todos»[31], lo cual «es un modo de hablar que frecuentemente se encuentra en la Sagrada Escritura»[32].
  2. Polloi [perípollon (Mt 26,28)] «positivamente manifiesta el gran número de aquellos por los cuales Cristo se ofrece piadosamente, sin negar el número íntegro, es decir, que por todos Cristo soportó la muerte»[33].
  3. A la objeción: «De ahí que debió decir será derramada por todos o por muchos, sin añadir por vosotros», Santo Tomás sólo responde acerca de la importancia que tiene el por vosotros (los judíos, el sacerdote y los que comulgan)[34].
  4. Refiriéndose a las palabras iniciales que no forman parte esencial de la forma de este sacramento, enseña Santo Tomás: «Si se añade todos es por sobreentenderse en las palabras del Evangelio, aunque no se exprese, porque El mismo había dicho: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, no tendreis vida en vosotros (Jn. 6,54)»[35].
  5. En otra parte defiende Santo Tomás que si por torpeza de la lengua se pronuncian mal las palabras de la forma, si la alteración es tal que destruye completamente el sentido de la frase, no pareciera que se realice el sacramento, pero «si la alteración no destruye el sentido de la frase, se produce el sacramento»[36]. Las palabras que será derramada por muchos en remisión de los pecados se encuentran en Mt 26,28 y muchos equivale a la totalidad o universalidad, por eso dice Tuya: «Los que van a recibir este provecho en Mt-Mc son muchos (po-llon). Pero esta expresión no es restrictiva a algunos, sino equivalente en varios pasajes bíblicos a la totalidad o universalidad (Mt 20,28; par.). Así, en el poema del «Siervo de Yahvé», de Isaías, que probablemente influye en esta redacción, el Mesías sufriente obtiene el mérito para multitudes (rabbím), que son toda la obra redentiva (Is 53,12). Y en el hebreo postbíblico, rabbím no significa muchos, sino la multitud en general, el pueblo, es decir, todos los hombres sin distinción»[37].

3ro. Tampoco hay mayor dificultad en que se traduzca por todos «porque, considerando su eficacísima virtud, debemos admitir que Cristo derramó su sangre por la salud de todos. Si atendemos al fruto que de ella (de la Pasión de Cristo) consiguen los hombres, habremos de admitir que no todos la participan efectivamente, sino sólo muchos»[38]. Ni decir «por todos» incluye que el fruto lo alcancen todos; ni decir «por muchos» incluye que la sangre de Cristo haya sido derramada solo por algunos, o dicho de otra manera, «por todos» no excluye que la redención subjetiva sólo la alcancen «muchos»; «por muchos» no excluye que la redención objetiva se hizo por todos.

También se pregunta Santo Tomás si está permitido añadir algo a las palabras que constituyen la forma sacramental, a lo que responde que «en las fórmulas sacramentales unos dicen cosas que otros omiten. Así, mientras los latinos bautizan con la fórmula Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, los griegos emplean esta otra Sea bautizado el siervo de Cristo N. en el nombre del Padre, etc.. Sin embargo tanto los latinos como los griegos administran un sacramento verdadero. Luego a las fórmulas sacramentales se puede añadir o quitar algo»[39]. En la respuesta a la segunda objeción dice: «Las palabras son la forma del sacramento en virtud del sentido que expresan. Por eso, cualquier adición o sustracción de vocablos que no quiten o añadan algo al sentido requerido, no destruye la esencia del sacramento»[40].

Tampoco si el celebrante dijera las palabras consacrativas como meramente narrativas -cosa que lleva a algunos nada menos que a dudar de la validez de la Misa!- se dejaría de hacer el sacramento sacrificial. Así «no es obstáculo que el sacerdote las diga narrando, como dichas por Cristo, porque el infinito poder de Cristo hace que, así como por el contacto de su carne llegó una virtud regeneradora a las aguas de todas las partes de la tierra por todos los siglos futuros y no solo a las que le tocaron, así por la pronunciación del mismo Cristo estas palabras consiguieron una virtud consecrativa dichas por cualquier sacerdote, como si Cristo presente las pronunciase»[41].

Aún si se diese el caso de que sacerdotes jóvenes desconociesen que la Santa Misa es sacrificio, tal como se afirma: «Todos esos cambios del nuevo rito son verdaderamente peligrosos porque poco a poco, sobre todo los sacerdotes jóvenes, que ya no tienen idea del Sacrificio, de la presencia real, de la transustanciación y para los cuales todo eso ya no significa nada, repito, los sacerdotes jóvenes pierden la intención de hacer lo que la Iglesia y ya no dicen misas válidas»[42]. Solamente poseyendo el don de la cardiognosis se podría conocer que alguien no tiene intención de hacer lo que hace la Iglesia. Un hombre no puede conocer la intención de otro[43], salvo que exteriormente manifestara lo contrario: «el ministro del sacramento obra como representante de la Iglesia entera, de quien él es ministro, y las palabras que pronuncia expresan la intención de la Iglesia, que basta para la perfección total del sacramento, mientras que el ministro o el sujeto no manifiesta exteriormente una intención contraria»[44]. Y aunque los sacerdotes jóvenes -y no tan jóvenes- ignorasen lo que es sacrificio, presencia real, transustanciación, en una palabra, si no tuviesen fe en la Eucaristía, enseña Santo Tomás que la fe no se requiere en el ministro para realizar el sacramento: «Puesto que según hemos dicho el ministro en los sacramentos obra a modo de instrumento, no actúa por su propia virtud sino por la de Cristo. Y así como pertenece a la virtud propia del hombre la caridad, de igual modo pertenece la fe. Por tanto, así como la caridad del ministro no se requiere para la perfección del sacramento, puesto que, según hemos visto, los pecadores pueden también administrar sacramentos, tampoco se requiere fe, pudiendo un infiel confeccionar un verdadero sacramento, siempre que no falten los demás requisitos necesarios»[45]. Es más, «si sucede que la falta de fe versa precisamente acerca de la verdad del sacramento que administra, aunque se figure que el rito exterior no surte ningún efecto interior, sin embargo no ignora que la Iglesia Católica intenta producir el sacramento realizando esta acción exterior, en tal hipótesis, a pesar de su falta de fe, puede tener intención de hacer lo que hace la Iglesia, aun cuando se figure que aquello no sirve para nada. Tal intención basta para el sacramento, ya que, según hemos dicho antes, el ministro del sacramento actúa como representante de toda la Iglesia, cuya fe suple lo que le falta a él»[46].

Por último, como Papa tuvo tanta autoridad San Pio V como Pablo VI, y tanto valor tuvo la Constitución Apostólica Quo primum, del 14/7/1570, como la Constitución Apostólica MissaleRomanum, del 3/4/1969, en la que dice: «Queremos, además, que cuanto hemos establecido y prescrito tenga fuerza y eficacia ahora y en el futuro, no obstante, si fuere el caso, las Constituciones y Ordenaciones Apostólicas de nuestros Predecesores y cualquiera otra prescripción, incluso las dignas de especial mención y con poder de derogar la ley»[47]. Es reiterada la doctrina que enseña la obligación de observar las Constituciones y Decretos del Romano Pontífice y del Colegio Episcopal. Entre otros documentos pontificios hacen referencia a esta obligación: Pio IX: Carta Tuas libenter (21/12/1863) y Carta Encíclica Quanta cura (8/12/1864); León XIII: Carta Testem benevolentiae (22/1/1899); San Pio X: Decreto Lamentabili (3/7/1907),nn. 7-8; Pio XII: Carta Encíclica Humani generis (12/8/1950). El Código de Derecho Canónico prescribe que «Todos los fieles están obligados a observar las constituciones y decretos promulgados por la legítima autoridad de la Iglesia… de manera especial las que promulga el Romano Pontífice o el Colegio de los Obispos»[48].

  1. La Colegialidad

No aceptan estos grupos la colegialidad porque, con las numerosísimas variantes que van de unos a otros, atentaría contra el Primado de Pedro, solemnemente definido por el Concilio Vaticano I[49].

La colegialidad, al igual que la «communio», de ninguna manera es una doctrina nueva, sino que desde muy antiguo era tenida en gran honor. Y rectamente entendida, no como hacen algunos «colegialistas», expresa una verdad de fe, exalta el Primado del Papa y manifiesta adecuadamente la relación de los obispos entre sí y con el Papa.

Los antiguos, tanto en Oriente como en Occidente, tuvieron conciencia de la importancia del Colegio Episcopal, y esta colegialidad se manifestaba, y esta es la base de la argumentación de la Constitución Dogmática Lumen Gentium en este punto[50], en cuatro cosas:

  1. la comunión de los obispos entre sí y con el Romano Pontífice en el vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz;
  2. los sínodos particulares;
  3. los Concilios Ecuménicos;
  4. el rito de la Consagración Episcopal.

Consideraremos cada uno brevemente:

  1. La comunión de los obispos entre sí y con el Romano Pontífice en el vínculo de la caridad, de la unidad y de la paz:

Desde la época apostólica hubo frecuentes comunicaciones entre las iglesias locales, lo cual está atestiguado por la abundante correspondencia que intercambiaban. Tertuliano da la explicación de esta communicatio a través de la cual las iglesias aseguran su unidad y su continuidad con la iglesia apostólica: «Así, pues, entre tantas y tan grandes iglesias solo hay una, desde los Apóstoles, que sea la primera y de la cual dependen las demás. Así todas son primeras y todas apostólicas mientras con una todas prueban la unidad: la comunicación de la paz, la llamada de la fraternidad y la hospitalidad recíproca. Tales derechos no los rigen otra razón que una única tradición del mismo sacramento»[51]. También San Ireneo menciona que esta apostolicidad de las iglesias, garantía de su unidad, aparece claramente ligada al obispo, sucesor de los Apóstoles, como jefe de la comunidad local[52]. La unidad y la comunión entre las iglesias se expresa y establece por la mutua comunicación entre obispos, y su comunión aparece como una prolongación del Colegio Apostólico, fundamento de la unicidad de la Iglesia. Aunque la noción de Colegio no está aún mencionada explícitamente, es ya una realidad vivida.

  1. Los Sínodos particulares:

Frente a los problemas nuevos que se suscitan contra la fe urge la necesidad de poder discernir la verdad del error. Para ello los obispos buscan ponerse de acuerdo reuniéndose en un mismo lugar. Se originan así los Sínodos regionales. Eusebio constata la existencia de estas reuniones desde la segunda mitad del siglo II[53]. También hacia finales del mismo siglo, con motivo de las controversias sobre la fecha de la Pascua, ya que algunas iglesias orientales tenían una práctica diferente al respecto[54]. Los Obispos emiten un decreto aceptado unánimemente, y esto obliga al Papa Víctor a excomulgar a las comunidades de la Provincia de Asia que no quieren abandonar su práctica, y esta acción papal se inscribe en un marco colegial, lo cual manifiesta que la decisión unánime de los obispos del mundo entero reviste, a los ojos del Papa Víctor, un carácter apremiante. «En el Concilio de Arlés (año 314), en el que participan treinta y tres obipos de Occidente, esta conciencia universal es totalmente explícita ya; en sus cartas sinodales, los obispos informan al Papa Silvestre de la decisión tomada, para que él la comunique a las iglesias, pues esta decisión, a sus ojos, debe obligar a los fieles de todas las iglesias»[55]. Ciertamente la unidad de la Iglesia está fundada sobre Pedro, pero éste no es su fundamento único: «Si piensas que sobre Pedro solo está edificada la Iglesia, te diré: ¿qué haces de Juan, hijo del trueno, y de cada uno de los Apóstoles?»[56].

  1. Los Concilios Ecuménicos:

Ya es explícita la noción de Colegio. Baste para mostrar esto citar la carta del Papa Celestino dirigida al Concilio de Efeso: «Es, pues, santo y merece la debida veneración, el colegio en que ciertamente ahora debe verse reverencia de aquella, que leemos, frecuentísima congregación de los Apóstoles… Haya una sola alma con un solo corazón para todos. Cuando es herida la fe que es una, duélase, mejor aún, llore esto con nosotros todo el colegio»[57].

  1. El rito de Consagración episcopal:

Ya San Cipriano alude a esta costumbre, que se remonta a la época de los Apóstoles: «… deben reunirse todos los obispos próximos de la provincia»[58]. Esto mismo fue establecido solemnemente por el Concilio de Nicea, en su cuarto canon, y comentado por el IV Concilio Constantinopolitano: «Este Santo y universal Sínodo define y establece, en consonancia con los anteriores concilios, que las promociones y consagraciones de los obispos se haga por elección y decreto del colegio de los obispos»[59].

Por los textos del Concilio Vaticano II, y los contextos, no solo no hay contradicción con los documentos del Concilio Vaticano I, sino que hay un complemento que lejos de disminuir, exalta aún más la singular y única figura del Papa. Para muestra basta un botón: la «Nota explicativa previa» al capítulo III de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium que, ciertamente es un documento conciliar (aunque no considerado materialmente), votado y aprobado en la congregación general 123, el día 16 de noviembre de 1964, y en la congregación pública final ante el Papa. Esta célebre «Nota» será todo lo insólita y grave que se quiera, pero los Padres Conciliares votaron el texto del capítulo III según la interpretación de la «Nota», que es «fuente auténtica de interpretación del gran documento conciliar»[60].

Doctrinalmente son de notar las ideas siguientes:

  1. «Colegio» no debe entenderse en sentido estrictamente jurídico, como sociedad de iguales que delegan poderes al presidente. «Colegio» significa una asamblea (coetus: reunión, congregación) estable cuya naturaleza y autoridad se conoce por revelación (por eso se dice en LG 19 «a modo de colegio o congregación estable» y en otros lugares se habla de «ordo» y «corpus» refiriéndose al colegio de los obispos).
  2. El paralelo entre Pedro y los Apóstoles y entre el Papa y los obispos:
  3. a) no implica que los Apóstoles transmitan a los obispos sus poderes extraordinarios;
  4. b) ni que haya igualdad entre la Cabeza y los miembros del Colegio;
  5. c) sólo hay proporcionalidad entre Pedro-Apóstoles y Papa-Obispos (por eso en LG 22 no se dice «del mismo modo», sino «de modo semejante» (pari ratione).
  6. d) no debe pasarse unívocamente del «coetus» apostólico al «coetus» episcopal.
  7. La agregación al Colegio se produce por dos causas necesarias:
  8. a) la consagración episcopal
  9. b) por la comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio y con los demás obispos.
  10. a) En la consagración episcopal se da una participación de las funciones (munera) sagradas (se dice «funciones» y no «potestades» para evitar que alquien entienda una potestad expedita ya para el acto).
  11. b) Para tener una potestad expedita al acto es necesario tener añadida la determinación jurídica o canónica por la autoridad jerárquica.
  12. c) La determinación jurídica puede consistir en la concesión de un oficio particular (v.gr. los obispos que trabajan en la Curia Romana, o los que son Nuncios, etc.) o en la asignación de súbditos (v.gr. los obispos residenciales, etc.). Esto es exigido ex natura rei porque se trata de funciones (munera) que deben ser ejercidas por muchos que cooperan jerárquicamente; esto es unacommunio.
  13. a) La communio (con la Cabeza de la Iglesia y los miembros) no es un cierto afecto vago, sino una realidad orgánica, que exige una forma jurídica y que al mismo tiempo esté animada por la caridad.
  14. b) La comunicación de la potestad por el Papa a los obispos no se refiere necesariamente a la misma potestad, sino a «la necesaria determinación de potestades».
  15. c) Del Colegio de los obispos, que no existe sin su Cabeza, se afirma que «es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal»[61]. El Colegio supone siempre y necesariamente a su Cabeza. La distinción no es entre el Papa y los obispos colectivamente tomados, sino entre el Papa por un lado, y el Papa junto con los obispos por otro (sólo al Papa competen ciertos actos que no pueden poner los obispos: ordenar, convocar, promover, dirigir, aprobar el ejercicio colegial, etc., «según propia discreción»).
  16. El Papa puede ejercer su potestad en todo tiempo y «ad placitum». El Colegio, en cambio, no obra permanentemente por una acción estrictamente colegial. No siempre está in actu pleno y que, con acto estrictamente colegial, no obra sino por intérvalos y sólo con el consentimiento de su Cabeza[62], el Papa, que no es un extraño al Colegio, con quien los miembros deben estar en comunión y que debe necesariamente poner el acto que compete propiamente a la Cabeza (o sea, el Papa obra libre del Colegio; éste siempre y necesariamente depende del Papa).
  1. El ecumenismo

Se ha dado en llamar ecumenismo a la tarea de restaurar la unidad entre todos los cristianos. La Iglesia católica está implicada en esta tarea por vocación, no por táctica. Vocación que le viene de su Señor. De por medio hay una promesa-profecía y una oración. La profecía-promesa es que habrá un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16). Hay que hacer notar que como el rebaño es visible, visible también debe ser el pastor: el Papa; más de cien testimonios del magisterio eclesial lo testifican[63]. Y la oración, por proceder del mismo Cristo, es infalible: Que todos sean uno(Jn 17,21).

Ciertamente que hay un falso ecumenismo, o ecumenismo masónico, o ecumenismo político[64], o ecumenismo sin conversión, etc., cuyas propuesta fundamental es que todas las religiones son iguales (sincretismo, irenismo, etc.), por tanto los hombres se salvan indistintamente en cualquiera. Y este «ecumenismo» es abominable.

Pero el verdadero ecumenismo pertenece a la naturaleza misma de la única y verdadera Iglesia fundada por Cristo. La doctrina de la Iglesia Católica está bellamente resumida en el Catecismo Universal de reciente publicación. Sin necesidad de acudir a otras fuentes se refutan con él las sentencias de los antiecumenistas. Allí se afirma claramente:

  1. Sólo es una y única la Iglesia fundada por Cristo[65]. La unidad de la Iglesia se fundamenta en su origen («la unidad de un solo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en la Trinidad de Personas»[66]); en su Fundador, el Hijo de Dios encarnado; en su alma, el Espíritu Santo, que «es el principio de la unidad de la Iglesia»[67]. El vínculo de unidad es, ante todo, la caridad, que es el vínculo de perfección (Col 3,14). Pero hay también vínculos visibles: la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles; la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos; la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios. Además la Iglesia de Cristo es única, «gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él»[68].
  2. «En esta una y única Iglesia de Dios desde los comienzos surgieron escisiones»[69]. Pero es preciso trabajar para que quienes se han separado de la Iglesia vuelvan a ella, ya que la unidad «que Cristo concedió desde el principio a la Iglesia… creemos que subsiste indefectiblemente en la Iglesia Católica y esperamos que crezca hasta la consumación de los tiempos»[70]. Por eso la preocupación por el restablecimiento de la unión «atañe a la Iglesia entera»[71]. Pero hay que saber que «este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana»[72]. Por eso hay que poner toda la esperanza «en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, y en el poder del Espíritu Santo»[73].
  3. «Fuera de la Iglesia no hay salvación»[74]: El Concilio Vaticano II reafirma toda la tradición anterior al respecto, es decir, que toda la salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia, que es su Cuerpo. Por eso se afirma que «esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, la Iglesia. El, al inculcar con palabras bien explícitas la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia Católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella»[75]. Evidentemente esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa propia, no conocen a Cristo y a su Iglesia. Por eso, aunque Dios por caminos solo conocidos por El pudiese llevar a la fe verdadera a los hombres, corresponde a la Iglesia la urgente tarea de evangelizar. Es lo mismo que afirma Santo Tomás al decir que, aunque una persona viviese aislada de todo, con tal de observar la ley natural, «Dios le revelaría, por alguna inspiración interior, todo lo que es necesario para creer, o le enviaría algún predicador de la fe, como hizo a Cornelio enviándole a Pedro»[76].
  1. La libertad religiosa

Según las estadísticas publicadas en La Enciclopedia Cristiana Mundial publicada en Oxford en 1984, luego de catorce años de investigación en 212 países con más de 600 sociólogos y demógrafos, en el mundo existían 1.433 millones de cristianos, de los cuales, 605 millones de cristianos, o sea el 42 %, soportaban restricciones a la libertad religiosa. ¿Se puede ignorar esta terrible realidad mirando a otro lado?

Aquí los que condenan las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa suelen afirmar dos cosas:

  1. se contradice con el Magisterio anterior, v. gr. con la Encíclica Quanta cura de Pio IX;
  2. da pie para que se promueva el laicismo en todos los órdenes, en contra de la Encíclica Quas primas de Pio XI.
  1. A lo primero hay que decir que no se advierte las diferentes acepciones del término «libertad religiosa». Cuando Pio IX y otros Papas del siglo pasado condenan la libertad religiosa condenan la teoría liberal que considera que los hombres no tienen obligación de buscar la verdad religiosa, mientras que cuando el Vaticano II y el Magisterio posterior promueven la libertad religiosa trabajan para que los hombres no sean coaccionados por los poderes públicos en su conciencia para practicar la religión. En el primer caso tenemos libertad de eximirse de los deberes religiosos (libertas a religione), en el segundo, libertad para cumplir los deberes religiosos (libertas ad religionem). Se trata de dos realidades distintas y, por lo tanto, el término suple de diferente modo en cada caso. Es lo que los lógicos llaman «valor de suplencia» (suppositio).

Entre otros, han tratado científicamente este tema los Padres Julio Meinvielle y Victorino Rodríguez, O.P., a ninguno de los cuales se los puede tildar de progresistas. El primero trató el tema en su trabajo La declaración conciliar sobre la libertad religiosa y la doctrina tradicional[77]. Pero no nos referiremos a su interpretación, por ser más conocido entre nosotros. Sí a la del segundo, publicada en la revista Mikael[78].

Allí expone claramente que el derecho a la libertad religiosa no se funda en las disposiciones subjetivas de la persona, como la conciencia invenciblemente errónea, ya que es un derecho natural, y por lo tanto común, universal, inalterable e inviolable, no puede fundarse en una apreciación puramente subjetiva, personal y mudable. Por eso el texto de la Declaración DignitatisHumanae dice: «El derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza»[79]. Es decir, lo que se admite es un derecho natural a la libertad religiosa, pero entendiendo esta libertad en el ámbito social y civil, y entendiendo el derecho en sentido negativo: derecho de inmunidad, a que nadie sea coaccionado ni impedido civilmente en su vida religiosa personal o social. El fundamento de este derecho es la dignidad de la persona de cara al poder civil: «su ejercicio no puede ser impedido con tal que se guarde el justo orden público»[80]. Pero al lado de este especial derecho negativo de ámbito exterior la Declaración Dignitatis Humanae proclama insistentemente el deber y el consiguiente derecho del individuo y de la sociedad de buscar y abrazar la religión verdadera, que es la Católica, y de formarse una conciencia religiosa perfecta al respecto, recta y verdadera: «Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas… tienen la obligación moral de buscar la verdad sobre todo lo que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad»[81]; «Cada cual tiene la obligación, y por consiguiente también el derecho, de buscar la verdad en materia religiosa a fin de que, utilizando los medios adecuados, llegue a formarse rectos y verdaderos juicios de conciencia»[82]; «Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla»[83]. Y como este derecho «se refiere a la inmunidad de coerción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y única Iglesia»[84]. Esto está en perfecta consonancia con los principios formulados por Pio XII en el discurso Ci riesce del 6/12/1953: «Primero: lo que no responde a la verdad y a la norma moral no tiene objetivamente derecho alguno, ni a la existencia, ni a la propaganda ni a la acción. Segundo: el no impedirlo por medio de leyes estatales y de disposiciones coercitivas puede, sin embargo, hallarse justificado por el interés de un bien superior y más universal»[85]. Por eso, apunta muy bien el R. P. Rodríguez, se trata del bien de la debida tolerancia, que no puede confundirse con el mal indebido tolerado.

  1. La segunda dificultad, sobre la supuesta promoción del laicismo, queda refutada con el argumento anterior. Para ilustrar esto baste recordar el pensamiento incisivo y admirable, la expresión actual más hermosa y fuerte de la realidad de la necesidad del Reinado Social de Cristo Rey, escuchada en ese día por millones y millones de personas por televisión: «No temáis!Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!»[86].

¿Por qué no quiere entenderse que «la doctrina social o enseñanza social de la Iglesia»[87] no es otra cosa que lo que Pio XI en Quas primas llamaba Reinado Social de Cristo?

Con distintos nombres conoce el católico su compromiso para ordenar lo temporal según Cristo, que abarca, a veces, aspectos parciales, y que algunos mal interpretan, como decíamos hace tiempo[88]. Esos nombres son:

– consagración del mundo;

– desarrollo integral;

– promoción humana;

– inculturación del Evangelio;

– promoción de la justicia;

– recta concepción cristiana de la liberación;

– defensa de los derechos humanos;

– defensa de la dignidad de la persona humana, etc.

Todas estas cosas, rectamente entendidas, no son otra cosa que trabajar por la:

– ciudad de Dios,

– ciudad católica,

– civilización cristiana,

– cristiandad,

– civilización del amor. ¿Acaso no podemos decir con Santo Tomás que esta «diversidad está más en las palabras que en la realidad»[89]? De hecho hace pocos días Juan Pablo II dijo: «Estamos aquí para hacer realidad, inicial pero objetiva, este gran proyecto de la civilización del amor. Esta es la civilización de Jesús; esta es la civilización de la Iglesia; esta es la verdadera civilización cristiana…»[90].

¿Por qué no quieren ver el predicamento que tiene la Iglesia Católica hoy día en el mundo, en especial, el prestigio del Papado, el liderazgo mundial de Juan Pablo II, el hecho de que de los pocos Embajadores ante el Vaticano a principios de siglo, en la actualidad hay cerca de 140? ¿No es ésta una manera concreta de que Cristo sea escuchado en los foros nacionales e internacionales?

III. PROBLEMAS DE BASE

Estimamos que existen otros problemas que son los que llevan a incurrir en las dificultades que hemos visto.

  1. Así el perder de vista la indefectibilidad de la Iglesia católica por la que no sólo perdurará hasta el fin del mundo, sino que, además, no sufrirá ningún cambio sustancial ni en su doctrina, ni en su constitución ni en su culto. Lo anunció el ángel Gabriel refiriéndose a Cristo y a su Reino, que es la Iglesia: Reinará en la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin (Lc 1,32). Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16,18), y yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). Y San Pablo testimonia que la Eucaristía se celebrará hasta que El venga (1 Cor 11,26), o sea, hasta el fin del mundo.
  2. Algunos de ellos caen en un error parecido al de los protestantes. Estos hablaban de la «sola Scriptura» como norma remota de la Revelación y del «libre examen» como norma próxima, destruyendo la Tradición y el Magisterio bajo el mismo principio. Aquellos parecen que tienen como norma remota a la «sola Traditio», y como norma próxima al libre examen, o sea, lo que ellos mismos dicen que pertenece o no a la Tradición, aplicando el mismo principio protestante del «libre exámen» también a la Biblia y al Magisterio. Por eso, por ejemplo, están en conflicto con lo que desde siempre ha sido el corazón mismo de la Tradición, que es el Primado del Papa, desde el Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (Mt 16,18), pasando por San Ignacio de Antioquía a los cristianos de Roma: «están purificados de todo tinte extraño»[91], y «preside en la caridad»[92], San Ireneo: «En ella (la Iglesia de Roma) se ha conservado siempre la tradición apostólica»[93]. San Cipriano la designa como «punto de partida de la unidad episcopal», en ella «no tiene acceso el error en la fe»[94], San Jerónino escribe al Papa: «Sólo en vos se conserva íntegra la herencia de los Padres»[95], San Agustín: «Roma locuta causa finita»[96], San Ambrosio: «Donde está Pedro allí, está la Iglesia»[97], San León Magno: «Así como perdura para siempre lo que en Cristo Pedro creyó, de la misma manera perdudará para siempre lo que en Pedro Cristo instituyó»[98], los padres del Concilio de Calcedonia (año 451) reciben la epístola dogmática del Papa San León I (el Tomus ad Flavianum) aclamando: «Pedro ha hablado por boca de León», el Papa Hormisdas (año 519): «En la Sede Apostólica se ha conservado siempre inmaculada la religión católica»[99], hasta el Concilio Vaticano II: «Esta doctrina sobre la institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el Santo Concilio la propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles»[100], «Las Iglesias particulares de Oriente y Occidente… están encomendadas por igual al gobierno pastoral del Romano Pontífice, que por institución divina sucede a Pedro en el primado sobre la Iglesia Universal»[101].

Y así como, paradójicamente, los protestantes con la «sola Escritura» se quedaron sin Escritura[102], los integristas conservadores, análogamente, con la «sola Tradición» se quedaron sin Tradición.

La fe de siempre solo se defiende con la fe de siempre. Que en una ocasión San Pablo haya reprendido a San Pedro[103], no significa que todos se crean San Pablo, ni que se viva en un estado permanente de reprensión y crítica a quien hace las veces de Pedro. El Papa San Nicolás I (858-867) enseña que «la primera Sede no será juzgada por nadie»[104], y San León IX (1049-1054), que de la Sede suprema «no es lícito a ningún hombre ni pronunciar juicio»[105] y que «como el quicio, permaneciendo inmóvil trae y lleva la puerta; así Pedro y sus sucesores tienen libre juicio sobre toda la Iglesia, sin que nadie deba hacerles cambiar de sitio, pues la Sede Suprema por nadie es juzgada»[106].

Cosa curiosa, ¿por qué no advierten que el derrumbe del comunismo en Europa Central y del Este se debe en gran parte a Juan Pablo II[107]?, ¿por qué ni una palabra de la gracia que le hizo la Virgen de Fátima salvándole la vida el 13 de mayo de 1981?, ¿la Tradición no honró siempre a los confesores de la fe?

El carácter iluminista de la sistemática crítica y actitud contestataria al Papa se palpa por el recurso sistemático al llamado «incidente de Antioquía», pero nunca se recuerda que en la misma carta San Pablo dice que subió a Jerusalén videre Petrum (Gál 1,18), y luego lo hizo por segunda vez para saber si no había corrido en vano (Gál 2,2).

Otro ejemplo de conflicto con la Tradición viva de la Iglesia católica, además ejemplo paradigmático del divisionismo que produce el no reconocimiento, de hecho, de la Cabeza visible de la Iglesia, y otro punto de contacto con el progresismo, es la prédica en contra del cumplimiento del precepto dominical que manda la asistencia a Misa los días domingos:

  1. Domingo fue el día de la Resurrección del Señor, el día que se apareció a los Apóstoles en el Cenáculo y que partió el pan en Emaús. Domingo es el día en que partían el pan los Apóstoles: El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para partir el pan (Hech 20,7). Así también ha sido el uso en toda la Tradición. San Ignacio de Antioquía dice que «los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte»[108]. Y San Justino: «Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el día primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos»[109]. Y San Jerónimo: «El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al Padre»[110].
  2. Es ejemplo del divisionismo reinante entre sus adherentes, ya que la Misa que celebra el Papa con el 99,9 % de los obispos del mundo es calificada con muy distinta valoración, y así dicen que es:

– ilícita

– o, ambigua

– o, de dudosa validez

– o, inválida

– o, herética (protestante o semi-protestante)

– o, cismática

– o, sacrílega.

  1. Y digo punto de contacto con el progresismo porque estos también, con otros argumentos, inducen a los fieles católicos a la no asistencia a la Misa dominical: «si no la sienten…», «no se tienen que sentir obligados…», «es preferible cumplir los deberes del hogar…», «es el día en que la familia está en casa…», «si asisten otro día de la semana…», etc.
  2. Nos parece también que hay error acerca de lo que es el Magisterio ordinario y su interpretación, porque si el Papa se equivocó en la Constitución Apostólica Missale Romanum, en la Constitución pastoral Gaudium et Spes, en la Declaración Dignitatis humanae, en la Nostrae aetatis, etc, ¿por qué no pudo equivocarse Pio V en la Constitución Apostólica Quo primum, Pio IX en la encíclica Quanta Cura y en el Syllabus, Pio X en la Pascendi, Pio XI en la Mortalium animos y en la Quas primas?
  3. Pareciera también que se teme a la sana y homogénea evolución del dogma, como si la fe y la Iglesia no fuesen un organismo vivo -y de vida sobrenatural- que, de suyo, tiende al desarrollo. Se preguntaba San Vicente de Lerins (muerto antes del 450): «Pero tal vez diga alguno: ¿Luego no habrá en la Iglesia de Cristo progreso alguno en la religión? Ciertamente que existe ese progreso y muy gran progreso… Pero tiene que ser verdadero progreso en la fe, no alteración de la misma. Pues es propio del progreso que algo crezca en sí mismo, mientras lo propio de la alteración es transformar una cosa en otra»[111]. Ahora bien, ¿quién tiene autoridad, dada por Cristo, para decir que algo es o no de fe? ¿los que se arrogan tal derecho o los sucesores de Pedro? Los que han estudiado este tema[112] prueban que es el Magisterio de la Iglesia el que hace explícito lo que estaba implícito. Además hay que decir que esta evolución accidental es imparable, ya que es obra del Espíritu Santo. Nos parece que no es ninguna propuesta sabia considerar que todo se arreglaría volviendo al rito codificado en época de San Pio V, que la Biblia sólo se leyera el latín, que el último catecismo católico fuera el «Catecismo Romano».
  4. Subyacen, también, algunos problemas de orden filosófico, como el considerar que post hoc, ergo propter hoc (después de esto, luego es causado por esto). Y así la culpa de todos los males que se puedan ver en la Iglesia y en el mundo se atribuyen al Concilio Vaticano II, de manera parecida a como los «viejos católicos» se lo atribuían al Concilio Vaticano I.

Asimismo toman pars pro toto (la parte por el todo) y así acumulan ejemplos individuales -que si son reales ciertamente son deplorables- y sacan, luego, leyes universales. La inducción, por la cual a partir de datos particulares suficientemente enumerados, el espíritu infiere una verdad universal, tiene sus leyes[113]. El principio supremo de la inducción es que «lo que es verdadero en varias partes suficientemente enumeradas de un determinado sujeto universal es verdadero de ese sujeto universal». El segundo principio dice que cuando un término particular «suple» particularmente, no se tiene derecho, aun siendo la enumeración suficiente, de volver ese término universal por una inferencia inductiva. Y así, por ejemplo, no es lícito decir: «este pecado fue cometido por este sacerdote, aquel por ese otro… luego algún pecado fue cometido por todos los sacerdotes».

  1. Llama poderosamente la atención que, al igual que los progresistas, caigan en flagrantes incoherencias. Así consideraba Mateo Liberatore la esencia del error liberal, como «inconsecuencia» y «solemne contradicción»[114]. Lo mismo decía el Card. Billot: «perfecta y absoluta incoherencia»[115]. Por ejemplo:

– en el folleto ¿Por qué la Misa tradicional en latín? ¿por qué no la nueva? afirman que hay una profecía de San Alfonso María de Ligorio que dice que, debido a que la Santa Misa es la mejor cosa de la Iglesia sobre la tierra, el demonio siempre ha tratado de privarnos de ella[116]. Y todo este folleto se escribe,precisamente, para dar las «razones» por las cuales «en conciencia no podemos asistir a la Nueva Misa»[117]. Hay grupos que asisten a la Misa hasta la consagración del pan, ya que, según ellos, no hay consagración del vino, al considerar como esenciales las palabras que siguen a este es el cáliz de mi sangre, y como pro multis se tradujo por todos, dicen que no hay consagración del vino y no hay sacrificio; en ese momento salen de la Misa y vuelven a entrar en el momento de la comunión del Corpus. Ya hemos probado la inconsistencia de esta postura. Afirmar que son de dudosa validez las Misas del Papa, de los casi 4.000 obispos y de los más de 400.000 sacerdotes, ¿quién habrá sobre la tierra que no se dé cuenta que es un enorme disparate? «Nada más necesario para la supervivencia de la Iglesia Católica que el Santo Sacrificio de la Misa; echar sombras sobre él equivale a sacudir los cimientos de la Iglesia»[118], pero él mismo, inconscientemente, echa sombras sobre la Misa y algunos de los que se declaran sus discípulos hacen propaganda para apartar a la gente de la Misa. ¿No es esto una incoherencia? Estos tales no aman la Santa Misa, porque si la amasen, no ya 62 «razones» triviales, pero ni 1.000 dudas bastarían para trabajar en alejar a los hombres de la Misa.

– Un autor, criticando la «nueva» Misa, dice: «Mencionemos también la adopción de fórmulas tomadas de Lutero: el agregado de que fue entregado por vosotros, la fórmula haced esto en memoria mía»[119]. Supongamos que Lutero haya usado esas fórmulas, pero antes de él las usó Santo Tomás: «el sujeto que padeció… se menciona en estas palabras: que será entregado por vosotros»[120], y antes que Santo Tomás las usaron San Lucas y San Pablo. San Pablo escribe que será entregado  por vosotros (1 Cor 11,24) y haced esto en memoria mía (1 Cor 11,25), y San Lucas, este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía (Lc 22,19), y antes que San Pablo y San Lucas las usó Nuestro Señor Jesucristo, como consta por los mismos San Lucas y por San Pablo: … el Señor Jesús… tomó el pan… y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía (1 Cor 11,23). O sea que según de Brienne el mismísimo Jesucristo usó «fórmulas tomadas de Lutero». ¿No es esto incoherencia? En otro lugar critica una supuesta «ambigüedad»: el que los fieles aclamen Anunciamos tu muerte, Señor… hasta que vengas en el preciso momento en que Cristo viene al altar y está sustancialmente presente[121]. Si esto es así, el mismo San Pablo cayó en esta «ambigüedad», ya que es él quien, luego del relato de la institución de la Eucaristía, recuerda a los cristianos de Corinto que cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga (1Cor. 11,26).

– No es incoherencia afirmar que se debe tener siempre como punto de referencia a Santo Tomás, diciendo que «Santo Tomás no será jamás sobrepuesto por ninguna ciencia… (nuestros seminaristas) consolidan su fe a la luz del tomismo»[122] y dudar de la validez de la Misa con el nuevo rito por falta de fe de los ministros, en contra de la clarísima sentencia de Santo Tomás[123]?

– Por defender el primado del Papa se ponen contra la colegialidad, pero al mismo tiempo rebajan la autoridad del Papa reduciendo su Magisterio no sólo al nivel de las meras opiniones, sino no teniéndolas en cuenta. Así dice el P. Franz Schmidberger, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X, en carta del 6 de enero de 1992: «Usted sabe mejor que nadie que todos los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X confiesan no solamente la fe católica en toda su integridad, sino que también mantienen una adhesión sin fallas a la Sede Apostólica», pero párrafos más abajo: «Que las autoridades romanas y episcopales confiesen nuevamente los principios contenidos en los actos del Magisterio mencionados más arriba, y reprueben los errores que esos documentos condenan, entonces la aparente ruptura cesará por sí misma»[124]. La «adhesión sin fallas» es si «las autoridades romanas» hacen lo que ellos quieren. ¿No es incoherencia afirmar: «Pensamos que cuando el Apóstol Pablo dirigió reproches a San Pedro, lo hizo guardando y aún manifestando hacia el jefe de la Iglesia el afecto y el respeto debidos… ello no nos autoriza a despreciar al sucesor de Pedro»[125], y luego concebir y alentar bajo su inspiración dibujos irrespetuosos y caricaturescos del Papa?[126] ¿No es incoherencia culpar alCard. Ratzinger por considerar la Gaudium et Spes como el anti-Syllabus[127], o sea contraponer un documento del Magisterio reciente a uno antiguo, pero al mismo tiempo contraponen documentos del Magisterio antiguo a documentos del Magisterio reciente? ¿No es lo mismo?

– Están contra el ecumenismo porque reconocería a todas las religiones como verdaderas, pero ellos, en distintos niveles y grados, hacen su propia religión. Algunos con la no obediencia al Papa «conciliarista» o «ecumenista», otros diciendo que ha perdido el pontificado, y por tanto la Sede de Pedro está vacante (algunos sostienen que desde la muerte de Pio XII), otros afirman que aunque es hereje sigue siendo Papa, otros que debe ser declarado depuesto (Papa est deponendus), otros, que se depone al hacerse manifiesta su herejía (Papa est depositus), etc.

– Asimismo están contra la libertad religiosa, pero se toman toda la libertad que quieren en materia religiosa.

  1. Por último, creo que es de señalar que no es la actitud meramente conservadora la que se opone frontalmente al progresismo. Siempre la actitud meramente reaccionaria es de poco vuelo, y, por caer en falsa dialéctica, finalmente, desarrolla al que dice combatir, cayendo muchas veces en sus mismos planteos.

La actitud conservadora se opone al progresismo como lo contrario, que «están en el mismo género». Lo que se opone al progresismo como lo contradictorio es la actitud misionera; es contradictoria la misión «en razón de la remoción, porque quita al otro», al progresismo en este caso, su característica propia que es la pérdida de la identidad católica. Así enseña Santo Tomás: «De cuatro modos algunas cosas se oponen a otras: de un modo como contradicción, así como el que está sentado a no sentado; de otro modo como privación, como el ciego al que ve; por un tercer modo como contrariedad, así como lo negro a lo blanco; y de un cuarto modo como a algo (alteridad), así como el hijo al padre. Entre estos cuatro géneros de oposición, el primero es la contradicción. La razón es porque la contradicción se incluye en todos los otros como lo anterior y más simple. Pues las cosas opuestas según cualquier género de oposición, es imposible que existan simultáneamente. Y esto sucede por el hecho de que uno de los opuestos tiene en su razón la negación del otro»[128]. Y en otro lugar dice que «algo se contrapone u opone a otro o en razón de la dependencia, y tales son los opuestos relativos. O en razón de la remoción, es decir, porque uno quita al otro. Y esto sucede de tres modos. O remueve totalmente, sin dejar nada, y tal es la negación. O deja sólo al sujeto, y tal es la privación. O deja el sujeto y el género, y así tenemos el contrario, pues los contrarios están no sólo en el mismo sujeto, sino también en el mismo género»[129].

CONCLUSION

En primer lugar, creo que es necesario de parte de cada uno de nosotros un examen de conciencia sobre el tema, como dijo el Card. Hyacinthe Thiandoum, Arzobispo de Dakar: «Si… la Iglesia es comunión y… sus miembros son solidarios entre sí, entonces este drama es nuesto drama»[130].

Lo más lúcido que conozco para ayudar a hacer el examen de conciencia es la conferencia del Card. Ratzinger pronunciada en Santiago de Chile y en Bogotá. Allí dice que la Santa Sede, debido a su actitud de querer encontrar una solución al problema con Mons. Lefebvre, ha recibido muchas críticas, y que «es una contradicción que sean precisamente aquellos que no han dejado pasar por alto ninguna ocasión para vocear en todo el mundo su desobediencia al Papa y a las declaraciones magisteriales de los últimos veinte años los que juzgan esta postura demasiado tibia y piden que se exija una obediencia omnímoda hacia el Vaticano II… El mismo fenómeno en su conjunto no sería pensable si no estuvieran también en juego elementos positivos, que generalmente no encuentran suficiente espacio vital en la Iglesia de hoy. Debemos dejarnos preguntar en serio sobre las deficiencias en nuestra pastoral, que son denunciadas por todos estos acontecimientos… La liturgia no es festival, no es una reunión placentera… Los hombres… se sienten engañados cuando el misterio se convierte en diversión, cuando el actor principal en la liturgia ya no es el Dios vivo, sino el sacerdote o el animador litúrgico». La arbitrariedad en la fe «lleva a muchas personas a preguntarse si la Iglesia de hoy es realmente todavía la misma de ayer… La única manera de hacer creíble el Vaticano II es presentarlo claramente como lo que es: una parte de la entera y única Tradición de la Iglesia y de su fe».

«Es verdad que, en el movimiento espiritual del tiempo post-conciliar, se daba muchas veces un olvido, incluso una supresión de la cuestión de la verdad… La verdad apareció de pronto como una pretensión demasiado alta, un triunfalismo…». Esto «se verifica de modo claro en la crisis en la que han caído el ideal y la praxis misionera». De aquí que «si conseguimos mostrar y vivir de nuevo la totalidad de lo católico en estos puntos, entonces podemos esperar que el cisma de Lefebvre no será de larga duración»[131].

En segundo lugar, hay que reconocer que los graves abusos del progresismo empujaron, muchas veces, a posiciones cada vez más endurecidas. La exacerbación del progresismo en Francia nos hace comprender la reacción contraria.

No en último lugar hay que señalar la falta de justicia y la falta de caridad de la que hacen gala, de hecho, los adalides de la renovación y del progreso, llegando al ensañamiento con aquellos que no comparten sus teorías. Históricamente los llamados «integristas conservadores» aparecen como una reacción ante las gravísimas actitudes -en la doctrina y en los hechos- del progresismo.

En tercer lugar, nosotros estamos comprometidos en la renovación en fidelidad, o lo que es lo mismo, en la fidelidad en renovación. Creemos que puede haber una sana y legítima evolución «en el mismo sentido y con el mismo contenido»[132].

Creemos que el Concilio Vaticano II puede y debe interpretarse a la luz del Magisterio anterior, como enseña Pablo VI: «Por el contrario debe decirse que las cosas enseñadas por el Concilio Vaticano II, guardando un estrecho nexo con el Magisterio eclesiástico anterior, son su continuación, explicación e incremento»[133]. En otro lugar dice: «El Concilio en tanto vale en cuanto continúa la vida de la Iglesia; no la interrumpe, no la deforma, no la inventa, sino que la confirma, la desarrolla, la perfecciona y la pone al día»[134]. «Lo que principalmente atañe al Concilio Ecuménico es lo siguiente: que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma más eficaz… La finalidad principal de este Concilio no es, pues, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia…»[135]. Y en el mismo sentido recuerda el Sínodo de los Obispos que «hay que entender el Concilio en continuidad con la gran tradición de la Iglesia…»[136]. Por supuesto que nos referimos a los textos finales, no al llamado «concilio Vaticano paralelo», o «Vaticano II bis», o «paraconcilio», o las interpretaciones que han hecho los peritos, o las declaraciones de clérigos, o las posibles omisiones, o la ausencia de algunas definiciones. Además, de manera especial, «las orientaciones del Concilio deben ser estudiadas, meditadas, releídas y practicadas: no sólo siguiendo los específicos Documentos conciliares, ya en sí mismos tan ricos en indicaciones y sugerencias pastorales, sino también con la ayuda de los que podemos llamar la clave sinodal de lectura del mismo Concilio, es decir, mediante las indicaciones aportadas por los trabajos de los Sínodos de los Obispos, hasta ahora celebrados, y propuestas en documentos de amplio alcance…»[137], de tal forma que sólo en la fidelidad actual y de hecho al Romano Pontífice, uno contacta y se aprovecha de la Tradición viva y verdadera, no fosilizada.

Nos conceda el Señor la perseverancia en este empeño difícil y entusiasmante. La Virgen nos proteja.

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